The maltese falcon (John Huston, 1941)

Escrito por

Twitter icon


«Miento, siempre fui una mentirosa»

El Halcón Maltés son los cimientos del cine negro… ¡Y qué cimientos!. Seguramente es la primera vez en que el noir presenta todas las características por las que hoy en día está considerado un género mayor, teta de novicia. La alineación de planetas, estrellas, satélites y estaciones espaciales lleva al film de Huston directamente al saco de mitos del celuloide. Y detrás de todo, una palabra: sencillez. Ya se lo dijo su amigo Howard Hawks, «no te compliques John, coge la novela de Hammet y hazla película; usa como guión el propio relato. No te equivocarás». John  era un tipo joven, que trabajaba como guionista a sueldo para la Warner cuando le dieron la oportunidad de llevar de nuevo a la pantalla –ya lo había sido anteriormente en El Halcón Maltés, de 1931, y Satan Met a Lady, de 1936, en ambas con bastantes cambios respecto al relato original y ambas con sendos fracasos- la novela de Hammet, que también son palabras mayúsculas. El estilo que el otrora detective y posteriormente escritor impuso en sus publicaciones por capítulos en la mítica Blask Mask abrieron una página brillante en la literatura americana de primera mitad de siglo; las andanzas de Sam Spade en El Halcón Maltés fueron la cumbre. Ahora los detectives probaban el barro, usaban trajes baratos y derrapaban en curvas peligrosas. También fumaban y bebían, mucho, en cantidades industriales. «Hammet sacó el asesinato del jarrón veneciano y lo echó al callejón» fue el perfecto resumen de su colega Chandler que, junto a Cave, Gadner o Daly, hicieron de la publicación el verdadero origen de eso que los franceses darían a llamar serie noir.

Sam Spade, private eye. Sí, seguramente lleva durmiendo las tres últimas noches en el sofá del despacho que comparte con su socio, Miles Archer (Jerome Cowan), en el downtown de San Francisco. En el primer cajón de su escritorio una botella de burbon, ésa que le ha dado las buenas noches los últimos dos mil días de su vida. Bajo el lapicero, unos cuantos recibos, sin pagar, claro, correspondientes a la luz, agua y alquiler mensual de los, creo, últimos dos trimestres. También un cenicero donde las colillas se amontonan por semanas; el mismo tiempo que hace que la chica de la limpieza dejó de acudir. Sam es un tipo a tener en cuenta: se la pega a su socio con su mujer, Iva Archer (Gladys George), y su secretaria, la linda Effie Perine (Lee Patrick), está enamorada de él aunque en nueve de cada diez le sacaría los ojos para dárselos de comer a los perros del callejón de Hayes con Gough. San Francisco es una ciudad sucia; el Golden State es la única salida, pero te lleva hacia otros basureros. Al menos éste Sam lo conoce de punta a punta.

Una mañana, una visita y el camino de Sam se pierde por precipicios de lino y seda. Ruth Wonderly (Mary Astor) acude al despacho de los sabuesos buscando ayuda desesperadamente; siempre desesperadamente. Los cuarenta pavos que salen del bolso de la señorita son suficientes para captar la atención de Sam y Miles, a quien se le humedece repugnantemente el labio inferior mientras estudia las razones del nuevo cliente. Spade se lía un cigarrillo. La hermana de la señorita ha desaparecido con un tipo de dudosa reputación, un tal Floyd Thursby, y ella ha venido desde New York para hacerla recapacitar y devolverla a su casa antes de la vuelta de sus padres. Spade se lía otro cigarrillo. Los cuarenta pavos y la debilidad masculina son suficientes para que Miles se ofrezca a contactar visualmente con el tal Thursby y seguirlo, a ver si dan con la hermana y se la puede “convencer” para que regrese al nido.

Tres de la mañana. El teléfono del apartamento de Spade, donde no dormía desde hace unas semanas, suena. Miles aparece seco a balazos; Spade se lía un cigarrilo. Acude a la escena del crimen, no se ha enfriado la sangre del socio cuando pam!, Thursby, a quien seguía su socio, también seco como la mojama. La policía sospecha de Sam por el primer asesinato –crimen pasional- y también por el segundo –la venganza siempre es una buena excusa-. La policía lo ve todo negro, sin sentido, mientras, Sam lo tiene claro: la señorita mentía como una bellaca, pero va a llegar al fondo de este asunto. Resulta que Ruth Wonderly es en realidad Brigid O’Shaugnessy y todo el asunto de la desaparición de su hermana es una burda mentira que esconde un turbio asunto proveniente de lejano oriente, de la edad media e, incluso, de más allá: «1539, los Caballeros Templarios de Malta rinden homenaje a Carlos V de España enviándole un halcón de oro engastado con las más finas joyas del pico a las garras pero los piratas abordaron el galeón y se llevaron ese recuerdo inestimable.» Total, que hay un pajarraco que mueve el mundo y Sam Spade está dispuesto a hacerse con él a cualquier precio. Sobre todo si el premio incluye una ración de progesterona.

Se producen entonces la aparición de tipos de toda calaña y condición que van detrás de la estatuilla como si de la gran persecución del cerdo engrasado se tratara en la célebre ciudad de Climax (Georgia). El primero, Joel Cairo (Peter Lorre), griego de rasgos orientales, voz afeminada y que se presenta con tarjetas perfumadas con jazmín; recibe un par de lecciones de Spade. También aparece en escena Kasper Gutman (Sydney Greenstreet) y su matón Wilmer (Elisha Cook Jr.). Este último también prueba la medicina de Sam, «Hay quien pierde los dientes por hablar así. Si quieres seguir vivo, sé bien educado» quien rápidamente es llevado ante el primero, fatman, el verdadero gurú del pajarraco. Gutman lleva años persiguiendo El Halcón Maltés y ahora se ve cerca de él. Contrata a Sam para encontrar la pieza. Cairo también; claro, para lo mismo. Y Brigid también lo hizo, pero para protegerla. La vorágine de mentiras en la que se ve enredado Sam le mete en problemas con la policía, con su secretaria y enreda los que ya tenía antes.

Finalmente resulta que todos están con todos: Brigid fue contratada por Gutman junto con el jugador Thursby, buscado en unos cuantos países, para hacerse con la estatuilla que andaba en posesión de un coronel ruso. Ambos se la juegan a fatman y entonces aparece en escena Cairo quien persigue para el pez gordo a la chica y al jugador. Todo esto desde Constantinopla a Hong Kong en donde Brigid, antes de viajar a la ciudad californiana, deja la estatuilla en manos del Capitán de La Paloma, un carguero que se dirige al puerto de Frisco. Allí, la señorita esperará, mientras se deshace de unos y otros, la llegada del barco y su preciado tesoro. Nadie duda que la ambición femenina puede llegar a medirse en toneladas. Los acontecimientos se suceden entonces sin pausa, vertiginosos. Gutman y Cairo descubren la maniobra de La Paloma y se dirigen hacia ella en pos de la estatuilla. No pregunten cómo pero La Paloma termina ardiendo, su capitán, quien guardaba el pajarraco para Brigid, cosido a plomazos y El Halcón…El Halcón en manos de Spade.

Tres asesinatos después, la bomba está a punto de estallar. Spade tiene encima a la policía y al fiscal. Sí, también El Halcón pero éste no hace preguntas. Con poco tiempo para atar cabos, Spade reúne a todo el séquito en el apartamento donde manda a su secretaria Effie que lleve el paquete. La larga espera la aprovecha Spade para volver a dar otra lección a Wilmer «Tú basura, levanta el culo y coge tu pistola», para liarse unos cuantos cigarrillos, para negociar su tajada por el negocio y para descubrir que aquello que le dijo Brigid «Miento, siempre fui mentirosa» era verdad y que los besos y el amor, bah¡ eso pasa pero la reputación de un detective no. Para este momento se descubre que El Halcón «está hecho del material con el que se forjan los sueños» y que Spade, en el fondo, es ante todo, y por encima de curvas de botellas y de mujeres, un profesional que pese a unas cuantas razones, algunas de ellas no muy importantes, manda a la asesina de su compañero Miles a San Quintín.

Spade llega de nuevo al despacho, se tumba en el sofá, se sirve un vaso de whisky, se lía un cigarrillo…

Huston lo planeó todo, lo estudió perfectamente, sabía que el libro era una película fantástica, se lo dijo Hawks, además Wyler le ayudaría con la preparación minuciosa de cada escena, de cada diálogo. Ser primerizo tiene eso de bueno: te dejas aconsejar y si lo haces por dos titanes puede ser deslumbrante. También tiene sus cosas malas: actores que no quieren trabajar contigo pero aquí vuelve a colación eso de la alineación estelar. El que rechazó fue Raft y entonces apareció Bogart. Perfecto: esta es otra de un buen ramillete de obras maestras que no se entenderían sin Bogie. A ambos les gustaba tomar unas copas después de trabajar y eran tipos de una sola pieza. Huston tenía a su protagonista, la cabeza del león. Según el director «el libro estaba contado desde el punto de vista de Sam Spade y por eso la película debía estar narrada también desde esa perspectiva, con presencia de Spade en todas las escenas salvo la del asesinato de su socio. El público no sabe ni más ni menos que él». La fisicidad de las líneas de Hammet se trasladan a la pantalla en el rostro de Bogart de una manera sublime. Cómo fuma, qué gesticulación más feroz, con que personalidad; se lleva la mano al lóbulo de la oreja, se pasa el índice por el labio inferior, chasquea los dedos, mira, señala amenazante. Uno puede intuir las escamas de caspa cuando Spade se cepilla el pelo. El resto del reparto también es acertado. Un clásico del género, Elisha Cook Jr., como Wilmer, perfecto matón del tres al cuarto, muñeco del pim pam pum para Spade. Peter Lorre como Cairo, un personaje extraño, de claros aires homosexuales al que el actor borda con su extraordinaria capacidad de interpretación. Gutman, el gordo Gutman, en la piel de Sydney Greenstreet, o Ward Brond encarnando al detective de la policía Tom Polhaus, que sigue los pasos de Spade toda la trama. Quizás es el personaje de Brigid O’Shaugnessy, interpretado por Mary Astor, el que imaginamos en manos de alguna Lauren, Ava o Rita, para mayor gloria de nuestros sueños. Pero Astor era la «encantadora asesina», según Huston, aunque no estuvo siquiera nominada a la estatuilla de la Academia.

Cuando uno examina el film de Huston o, lo que es lo mismo, lee la novela de Hammet, la duda sobre el personaje de Spade planea constantemente. Al principio encontramos a un tipo solitario e individualista, que no tarda ni medio segundo en pedir a su secretaria que cambie aquello de Spade & Archer de la puerta de la oficina y ponga Spade solamente, aun cuando el cadáver de su compañero tiene la sangre caliente. Además, está liado con su mujer y no le ha importado trabajar codo con codo con un tipo al que, según él, «caló desde el primer momento». Pero este egoísmo no le impide embarcarse en una intriga de asesinatos y hombres asiduos en las fichas policiales para terminar confesando que todo es por reputación, por pura profesionalidad. Un detective no puede dejar que maten a su socio y que las cosas queden así como así. Uno tiene un nombre. Estas contradicciones, unidas a otras como su relación con Brigid o los encuentros que tiene con la mujer de su socio tras morir éste, nos llevan directamente a una de las características más comunes en el género y que luego se repetirían hasta la extenuación: personajes contradictorios, con una moral moldeable según las exigencias de la situación, pero con unos principios básicos que le hacen mantenerse a flote en un mundo que devora ferozmente a todo lo que hay en él. Spade es uno de esos que hace las cosas simplemente porque tiene que hacerlas; sin más.

La película tuvo un éxito infinito en su estreno y movió a la productora a plantearse rodar una secuela, pero los cinco mil que pidió Hammet como indemnización ahogaron el proyecto. Éste recogía la idea que diferenciaba el final de la novela y del film. En el relato de Hammet, Wilmer mataba a Gutman mientras que en el filme el gordo, junto con Cairo, se embarcaban en un nuevo viaje en pos de la verdadera estatuilla. No sabemos si la secuela hubiera estado a la altura. Seguramente no, aunque la historia podría resultar sin duda apasionante. Lo que sí sabemos es que el maestro Huston nos regaló El Halcón Maltés, un perfecto pistoletazo de salida oficial para un género en el que atmósferas cargadas, los interiores agobiantes, las sombras amenazadoras, los personajes sombríos y las mujeres fatales adquieren el estatus de arte con letras de oro, de estilo inimitable y único, de corriente cinematográfica que, décadas después, sigue haciendo el deleite de los amantes del cine, del verdadero material con el que se forjan nuestros sueños.

Los protagonistas:

El sabueso: Sam Spade (Humphrey Bogart)

La mentirosa: Brigid O’Shaugnessy (Mary Astor)

El pez gordo: Gutman (Sydney Greenstreet)

El matón: Elisha Cook Jr. (Wilmer)

El extraño: Joel Cairo (Peter Lorre)

Frases para la historia:

Sam Spade: «Hay quien pierde los dientes por hablar así. Si quieres seguir vivo, sé bien educado»

Sam Spade: «…del material con el que se forjan los sueños»

Brigid O’Shaugnessy: «Miento, siempre fui mentirosa»

Gutman: «No confío en los poco habladores. Eligen el momento inapropiado para hablar y se equivocan en lo que dicen»

Ficha en FA: www.filmaffinity.com/es/film174261.html

Ficha en IMDB: www.imdb.com/title/tt0033870/

Fuentes: El Cine Negro, de Víctor Arribas

 

 

 

 

3 Responses to The maltese falcon (John Huston, 1941)

  1. Andrés dice:

    Yo creo nueve de cada diez líneas que se dicen son brutales. Esa es lapidaria, te manda directamente al infierno sin el menor escrúpulo…y desde el cariño. Algunas se merecen ser tratadas así. Grande Spade

  2. Andrés dice:

    Por cierto, aunque diga Golden State, todos sabemos que es el Gate. Acababa de ver a Ellis machacar la canasta de los Nets

  3. Sandra dice:

    Alguien me puede decir las caracteristicas de los personajes

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *