El director olvidado de Tantra

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Tantra nos trae al estadounidense de origen escocés Alexander Mackendrick.

Pocos directores han contribuido tanto a invisibilizar su propia figura dentro del Cine como Alexander Mackendrick. Sus películas, con apenas una decena de títulos, siguen siendo a día de hoy tan revolucionarias como en la fecha de su estreno y, a pesar de que el propio autor se refiera a su revisión como un ejercicio de “pura arqueología”, pocas han perdido la vigencia de “7 años” que Mackendrick les asigna. Ello se debe a una genuina visión sobre la inocencia como elemento destructivo, especialmente durante la infancia, que no ha tenido precedentes ni tampoco seguidores en la historia del cine.

Esta visión oscura de la infancia tiene su origen en la propia vida del director scottish (él siempre se consideró escocés a pesar de nacer en Boston): A los 6 años quedaría huérfano de padre, y su madre, anhelando hacer carrera como diseñadora de ropa en Boston, lo daría a su abuelo quien se lo llevaría a Escocia. Madre e hijo nunca volverían a saber el uno del otro.

El inicio del periplo profesional de Mackendrick consta de varios trabajos relacionados con su talento para el dibujo, que desarrolló a lo largo de 7 años en la Glasgow School of Art. Inicia su carrera en la publicidad a lo largo de la década de los 30, despuntando como un creador revolucionario. Posteriormente colabora con el director de animación húngaro George Pal creando los storyboards de sus películas. Ya entonces comienza a interesarse por el cine, rodando sus propios cortos, y a escribir sus propios guiones, siendo el primero el de Midnight Menace (1937) del director Sinclair Hill.

El inicio de la II G.M. le llevará a trabajar para el Ministerio de Propaganda Británico realizando guiones, confeccionando folletos lanzados desde el aire y trabajando a las órdenes de directores como Batchelor y Halas (Rebelión en la granja). En 1942 crea su propia productora de documentales de propaganda y es elegido por el Ministerio como corresponsal para la guerra psicológica en Argelia e Italia, donde rueda Le fosse ardeantine, un documental sobre la masacre nazi de unos 300 partisanos a las afueras de Roma, película que se ha perdido. Precisamente aquí conoce a Rosellini, quien le incorporará como operador de cámara en la célebre Roma, cittá aperta.

Una vez terminada la guerra, Mackendrick seguirá rodando documentales de propaganda para el Ministerio hasta que la productora Merlin para la que trabaja entra en dificultades económicas (1946). Ello le obligará a buscar trabajo y será el inicio de su carrera en la industria cinematográfica, al entrar a trabajar a los Ealing Studios como diseñador de producción y guionista de la película Saraband for dead lovers de Basil Dearden (1948).

El período Ealing (1946-1955). En un período de estancamiento del cine británico, dominado por las adaptaciones literarias y documentales de influencia neorrealista, la irrupción de los Ealing Studios será un soplo de aire fresco en la industria, especialmente por la gestión democrática y revolucionaria de su director, Michael Balcon. La rigidez formal y de estilo desaparece y el público, que desconoce el potencial del cine, acogerá las películas con gran aceptación. Recordemos que en esta época la televisión no existe todavía y el público entiende el cine como una mera forma de entretenimiento más que como un arte en sí.

En este contexto, Mackendrick debuta con Whisky galore! (1949), película basada en una novela de Compton Mackenzie sobre el naufragio de un barco de vapor con 20000 botellas de whisky cerca de las Islas Hébridas. La trama de la película está en el toma y daca de los habitantes de la isla y las autoridades, que difieren en lo que debe hacerse con el whisky. La clave cómica reside en el carácter de los isleños como entrañables borrachuzos en contraposición a las autoridades, representando la rectitud que corresponde a los funcionarios públicos. Una de las claves que desarrollará Mackendrick en toda su carrera está presente en su ópera prima: El doble filo de la dualidad inocencia – experiencia, en la cual la primera puede ser peligrosa y la segunda a su vez traicionera y explotadora. La frontera entre el bien y el mal no siempre está clara y Mackendrick disecciona mordazmente este binomio.

Su siguiente película, The man in the white suit (1951), basada en una obra de teatro de su primo y colaborador Roger McDougall, sigue esta línea de inocencia peligrosa en la cual su protagonista, el fabuloso Alec Guinness, da vida a un científico de una fábrica textil que idea una fibra indestructible. Las consecuencias no previstas por el ingenuo científico desencadenarán una serie de situaciones cómicas que la trama desarrolla. En este caso, vemos cómo el idealismo, concepto bueno per se, puede ser una fuente de problemas. La película toca también temas que resultan actuales a día de hoy: el enfrentamiento entre el individuo y la sociedad y la lucha entre negocio y beneficio social. Curiosamente el espectador se identifica con el protagonista, cuando este en el fondo es tan egoísta y oportunista como el resto.

Mandy (1952) es el tercer largometraje del director. Basado en la novela de Hilda Lewis, con una fabulosa fotografía de Douglas Slocombe (habitual colaborador de Mackendrick) la película explora el universo de una niña sordomuda de nacimiento y cómo ha de sobrevivir paradójicamente a quien más le quiere que es su familia. Al igual que en el resto de films, en este se habla también de muchos otros temas: envidias profesionales, relaciones familiares, gestión institucional… en definitiva todos los obstáculos que la infancia ha de superar para crecer. Cabe destacar la organización de los espacios como elementos de aislamiento o de libertad. Y por supuesto la sobresaliente actuación de su joven protagonista Mandy Miller, justamente premiada en el Festival de Venecia de 1952: Un personaje nada autocomplaciente por su caracter tozudo, caprichoso y cerrado en sí mismo.

The Maggie (1954), con guión del propio Mackendrick, es reconocida por el propio autor como su película más autobiográfica, aunque probablemente sea una de las más discretas. Maggie es un pequeño y semiruinoso barco de vapor comandado por un viejo borracho que por error se encuentra con mercacía de hogar de un americano al que con toda clase de artimañas tratan de engañar. De nuevo se confronta la “inocencia” del americano, que cree ser más listo, y la “experiencia” de la tripulación escocesa, que resulta ser mucho más inteligente. La película ahonda en el carácter escocés de los protagonistas y el grumete sería el alter-ego de Mackendrick. Es una película que ha sido poco comprendida y aceptada, ya que habla (especialmente en la relación que se establece entre el americano y el grumete) sobre los problemas personales que Mackendrick sufrió en su infancia. Además, los Estudios Ealing estaban ya de capa caída y ello contribuyó a que fuera una película poco relevante en su historia.

La última película de Mackendrick en su periodo Ealing es probablemente una de las más conocidas y recordadas de su autor, y el último éxito comercial de los estudios: The ladykillers (1955). El título, sacado de un sueño del guionista William Rose, hace referencia a un grupo de ladrones algo torpes que se hacen pasar por una banda musical y que han de ocultarse en casa de una ancianita aparentemente indefensa, la señora Wilberforce, que resulta ser mucho más calculadora y despiadada que ellos. Comandados por un genial Alec Guinness, la película es una sucesión de gags en la más pura tradición del slapstick, en la que vuelve a aparecer la constante de la inocencia como peligrosa arma, esta vez desde el punto de vista más humorístico. La narración en forma de fábula moral está perfectamente estructurada, pero sobresale la riqueza en la composición de las escenas y el jugo que saca Mackendrick a los espacios.

Siendo ya un director mundialmente reconocido, Mackendrick recibió un encargo desde USA de parte de la productora de Burt Lancaster (Hecht, Hill, Lancaster) para dirigir El discipulo del diablo, pero la producción se retrasó. Posteriormente Mackendrick y sus disputas con la productora harían que fuese reemplazado por Guy Hamilton en la dirección de la película.

Mientras tanto, Mackendrick se encargó de dar forma al guión de Ernest Lehman y dirigió la que sin duda es su mejor película: Sweet smell of success (1957). En ella dos animales interpretativos como Burt Lancaster y Tony Curtis dan vida a un director de un periódico amarillista y su publicista, ambos personajes despóticos y despreciables. La película es pionera en rodar las calles de Nueva York al natural y especialmente de noche. Los duelos dialécticos con dobles sentidos se suceden uno tras otro y la genial banda sonora de Bernstein y la música de Chico Hamilton dan vida a una película que respira cine por cada uno de sus poros. Es también un retrato de los bajos fondos del periodismo revelador, y si lo comparamos con el periodismo actual encontraremos muchos y preocupantes paralelismos. El rodaje de la película fue una odisea por el carácter perfeccionista de Mackendrick, quien durante su etapa británica disfrutó de mayor libertad creativa.

Tras el abandono prematuro del rodaje del discípulo del diablo, un Mackendrick desencantado volvió a la publicidad, realizando trabajos para televisión y haciendo alguna pequeña incursión en el teatro. Su anterior jefe en la Ealing, Michael Balcon, ahora como productor independiente hizo que retomara su trabajo como director en Sammy, going south (1963). En ella, un niño británico pierde a sus padres en el conflicto del canal de Suez. Sólo le queda una tía que vive en Suráfrica, por lo que emprende un viaje a través de todo el territorio, donde se encontrará a todo tipo de adultos. En este caso, es un revelador retrato de la madurez donde el director vuelve a darle una vuelta de tuerca a nuestra visión de la experiencia: los adultos resultan ser mucho más estúpidos que los niños. A destacar la actuación del siempre recomendable Edward G. Robinson como bandido ladrón de diamantes. Y por supuesto el peculiar tratamiento de la infancia del director. Pese a ser una ambiciosa producción, los resultados en taquilla fuero más bien discretos.

Sobre bandidos también versará la penúltima obra de Mackendrick y una de sus más redondas obras: A high wind in Jamaica (1965). Basada en la novela homónima de Richard Hughes, narra las aventuras de unos niños de la familia Thornton residente en Jamaica, que son embarcados para volver al colegio en Londres. Durante la travesía sufren un ataque pirata, por el cual son secuestrados como miembros de la tripulación, comandada por los fantásticos Anthony Quinn y James Coburn. Sin embargo, los que a priori se revelaban como fieros e intratables piratas, resultan ser una caricatura en manos de las travesuras y caprichos de los infantes, que terminarán siendo mucho más peligrosos que los piratas, hasta tal punto de que terminarán ajusticiados siendo los niños testigos silenciosos de los hechos. La película aborda la ambigua inocencia infantil y enfrenta el carácter indisciplinado de los piratas con el carácter manipulador de los niños.

Mackendrick quiso hacer la película ya en su periodo Ealing, pero la forma y el tema no se adaptaban al estilo de la época. Pese a ser aplaudida por la crítica, Mackendrick encontró multitud de dificultades en la realización de la película y esta fue editada en última instancia por la Fox. Frustrado, descubrió que no se sentía a gusto siendo director de cine.

Su testamento cinematográfico fue Don’t make waves (1967), la película más floja de su filmografía y de la que el propio director se avergonzó el resto de su carrera, ya que no tuvo ningún control sobre ella. En sus propias palabras, “es una película tan idiota que es una humillación hablar de ella”. A pesar de ello, en ella pueden encontrarse trazos de humor mackendrickiano y una crítica a la sociedad superficial y del culto a la imagen que emergía en la década. Sin embargo, Mackendrick terminó desencantado de la codicia que reinaba en Hollywood, donde las películas eran un subproducto accidental de los negocios.

El director norteamericano volvería de nuevo a Londres para rodar un proyecto deseado durante largo tiempo, la película Mary, queen of Scots, pero la Universal cerró su filial británica por problemas económicos. Poco después, en 1969 el Instituto Californiano de las Artes le ofreció un puesto de profesor de cine que resultó ser uno de los mejores cambios profesionales de su vida. Permaneció como director del Instituto hasta 1978 y después siguió con su labor pedagógica ya como profesor, con una salud que gradualmente fue empeorando debido a un enfisema pulmonar. Murió en 1993 y fue enterrado junto a otros grandes artistas americanos como John Cassavettes, Truman Capote o Janis Joplin en el Westwood Village Memorial Park.

Texto de Tantra.

3 Responses to El director olvidado de Tantra

  1. Tarko dice:

    Muchas gracias a Tantra por este gran analísis de la obra de Mackendrick. Después de leer tu texto, la ganas de ver algo suyo han aumentado todavía más. Sweet smell of success me espera a la vuelta de la esquina.

  2. neathara dice:

    Tiene poca filmo McKendrick, aun así su Viento en las velas es una maravilla iimprescindible.

  3. tantra dice:

    Cierto, Mr. Alfie, bien secundado por la no menos "queso" Claudia Cardinale.

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