Críticas: Las olas

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Hay otro cine español de renovada juventud y mirada. Otro cine que intenta, una vez superado parte de ese eterno discurso victimista, surgir para intentar sobrevivir en un mundo completamente contrario y hostil. Si uno observa las diez películas españolas más taquilleras del 2011 verá que la encabezan, quitando a Midnight in Paris porque por mucho que digan tiene de española lo que Owen Wilson de andaluz y París de gallega, dos grandes obras magnas de la armonía intelectual y el despliegue metafísico del alma humana: Torrente 4. Lethal Crisis y Fuga de cerebros 2. Después, vienen las máximas nominadas a los Goya: La piel que habito y No habrá paz para los malvados… Precisamente hay filmes con clara vocación comercial para un público mayoritario, otros con el respaldo de la crítica y la aceptación en taquilla como recompensa… pero también existe otro cine muy minoritario, prácticamente invisible. Tal vez demasiado pese a ser el que realmente aporta una calidad notable al conjunto. Las olas, con apenas un pequeño puñado de copias, ofrecerá resistencia a la terrible marea que intentará devorarla hacia su olvido y pronta desaparición. El filme de Alberto Morais pertenece a ese grupo fílmico que debe sobrevivir como un pez moribundo fuera de esa agua natural llamada circuito de festivales. Después de un meritorio paso por Moscú, Londres, Sevilla, Gijón, Sao Paulo… llega el momento de mostrar la obra a un público que previamente ha ignorado y/o maltratado las últimas propuestas de Jaime Rosales, José Luis Guerín, Isaki Lacuesta, Javier Rebollo, Manuel Martín Cuenca, José María de Orbe, Judith Colell, Jordi Cadena, Elena Trapé, Toni Bestard, Gabriel Velázquez… y cada vez un más largo etcétera que da clara sintomatología de que algo está cambiando dentro del cine español pero, contrariamente, pocos quieren aceptarlo.

Esta vez la película de Alberto Morais incluye un elemento de ese añejo cine español y su discurso caduco y fatalista en el que siempre ha fracasado: la memoria histórica. Esa memoria no busca referentes tratados anteriormente con esperpento y auténtico ridículo cinematográfico, salvo Pa Negre de Agustí Villaronga, sino que se basa en el infierno que vivió Miguel, su protagonista, en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. El director parece recordárnoslo en sus títulos inaugurales aunque las heridas de Miguel, interpretado muy notablemente por Carlos Álvarez-Nóvoa, al igual que las de tantas decenas de miles que huyeron a Francia tras la derrota en la Guerra Civil, yacen completamente abiertas… pese a haber pasado ya numerosas décadas. Esa ruptura emocional es mostrada desde el escenario y un viaje iniciado tras la muerte de su mujer. Pero tampoco Las Olas es una road movie tradicional al otorgar a los paisajes y ese decorado natural no un fondo sino el completo protagonismo emocional de la historia. El fondo aquí es el personaje; el otro personaje, que junto al protagonista humano intenta aferrarse a esos escasos recuerdos que le quedan y le impulsan hacía una vuelta al lugar donde tal vez perdió todo. Mike Mills en el guión de Beginners también utilizaba la muerte de la mujer del co-protagonista (interpretado prodigiosamente por Christopher Plummer) para desatar los deseos reales e interiores de su personaje. La hondura del ser humano parece liberarse una vez que concluye la farsa. «¿Quería mucho a su mujer, verdad?», le pregunta Blanca (Laia Marull) a ese cuasi-muerto-viviente que vaga hacía su destino y búsqueda interior?  «No lo sé», responde Miguel, el (no)protagonista de la historia. Porque aquí la historia y el escenario es el auténtico motor dramático donde se mueven los pretendidamente asépticos personajes. Un escenario que ha cambiado, que continúa en construcción, pero que sigue (y seguirá) allí, siempre vigente.

Terence Winter en Boardwalk Empire dibujó a uno de sus personajes principales, Jimmy Darmody, como un zombi que volvió de la Primera Guerra Mundial. Miguel aquí es un muerto viviente reanimado por el deseo de tal vez el amor perdido de su vida, Emilia. Sólo le queda una foto como recuerdo y un viejo coche para iniciar un viaje con un fin y tal vez un final. Las Olas tampoco es la versión española de Una historia verdadera aunque su autenticidad radica precisamente en el espíritu de la obra. En que la propia cinta se confunde con su protagonista. Su paso por diferentes festivales y escenarios podría recordar y ser una metáfora del camino recorrido por su protagonista… Morais dirigió previamente un documental sobre la figura de Pasolini, Un lugar en el cine, donde aparecía la sombra de Angelopoulos y fue este último quien dejó el germen de lo que sería Las Olas; de ese diálogo con la historia que se convierte en el diálogo con uno mismo.

El año pasado hemos presenciado cómo algunos autores, con ecos mediático-cinéfilos más resonantes, desprendían sus obras de cualquier concesión gratuita y dramática hacía su más mínimo germen y esqueleto, pero haciendo que aumentasen las pulsaciones emocionales y que estas reverberasen desde la pantalla hasta nuestros corazones. Pocos podrán en duda las capacidades y logros de Le Havre o El niño de la bicicleta de  Kaurismäki y los hermanos Dardenne, respectivamente. Pero tal vez pocos comenten los hallazgos de Morais en Las olas, donde sus nulas concesiones dramáticas hacen interesarnos, más si cabe, por los traumas pasados de su protagonista. Esa representación tan aséptica tiene sus recovecos anímicos en la mirada de los otros personajes. Me parece también interesante como Morais deja unos segundos a esos secundarios en las despedidas, rompiendo parcialmente el punto de vista, como ese único objeto nostálgico que le queda tanto a ellos como al espectador. En esos huecos que deja una persona a otra tras la partida y de los que nos hablaba Lisandro Alonso en Liverpool.

Muchas veces el discurso e intenciones cinematográficas yacen y emergen en la misma obra. Manuel Martín Cuenca en La mitad de Óscar se enfrentaba a ese cine chabacano y costumbrista en un personaje secundario, pero de fatales consecuencias para el protagonista, encarnado por Antonio de la Torre. Miguel, el protagonista, se encuentra con un viejo coche que no puede más y es incapaz de ser puesto en marcha de nuevo. Incluso por las ‘nuevas generaciones’ que tienen que ayudarle a continuar su camino por otras vías. Tal vez ha llegado el momento de observar la historia con completa purificación emocional, sin aspavientos ni manipulación. De visionara y revisarla por aquellos que pueden aportar un punto de vista objetivo y menos parcial. Es momento de mirar al pasado aunque tal vez para cintas tan meritorias y valientes como Las Olas quede un insuficiente hueco en nuestro presente… tal vez para un cada vez más esperanzador futuro.

Escrita por  Maldito Bastardo

4 Responses to Críticas: Las olas

  1. sarajeski dice:

    Me han entrado ganas de ver la peli.

  2. julio dice:

    La peor película de cine español que he visto en mucho tiempo. Me gusta lo que algunso "llaman cine de autor" y quiero recordarle al Sr Morois que ese cine no se hace cortando y pegando secuencias que han funcionado en otras películas.

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