Críticas: La chispa de la vida

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Álex de la Iglesia es uno de esos cineastas irregulares cuyo innegable talento no siempre ha fraguado obras a la altura. Siempre será el tío que nos enseñó que se podía hacer en nuestro país cine de acción y ciencia-ficción de calidad (El día de la bestia) o thrillers (Perdita Durango) sin renunciar a la identidad nacional, es decir, sin intentar imitar a películas de Hollywood que poseen una idiosincrasia completamente distinta a la nuestra. Con desigual resultado, el realizador vasco ha hecho siempre gala de una impecable factura técnica al servicio de unas narraciones a veces algo patosas pero cuanto menos interesantes dentro del panorama nacional, que le han servido para ser hoy en día un claro referente.

En esta ocasión, ha tomado un guión original de Randy Feldman (Tango y Cash), aportándole todos los matices de la charanga y pandereta que un guiri jamás sería capaz de entender por mucha sangría que tome en Mallorca y muchos tomates que tire en Buñol. Se aprecia algún chispazo del Álex que nos gusta, el que no siempre hemos podido ver en su cine. Aquí la telebasura, el desempleo, el humor negro y el hijoputismo español (que algunos siguen empeñados en llamar de manera eufemística “picaresca”) se entremezclan. Se presentan dos temáticas como son esos programas, con todos los buitres carroñeros a la expectativa de noticias que puedan producir beneficios; y, por otro lado, los efectos de la crisis a un nivel más cotidiano, con el protagonista desesperado por encontrar un empleo para poder alimentar a sus hijos. Ambos temas se solapan aquí de manera más que correcta, evitando caer en los mismos sensacionalismos que denuncia a pesar de que en un par de ocasiones parece acercarse a ellos de manera peligrosa. El resorte entre ambos vendría a ser la periodista interpretada por Carolina Bang, que se debate entre la oportunidad de su carrera o salvaguardar la dignidad de una persona.

El film juega constantemente con las fronteras de la honra para cada personaje, manteniendo a Roberto Gómez (no podemos evitar sonreír al ver el nombre) en medio de todas esas cuestiones. ¿Hasta qué punto la necesidad, en este caso económica, puede hacerte perder tus ideales? ¿Dónde están los límites del sensacionalismo? Todo lo que nos cuenta puede resultar obvio para el espectador y es un hándicap, pero el director parece consciente de ello desde el primer minuto y se ocupa más bien de presentar la escena como un circo alrededor del que se mueven una serie de personajes secundarios interpretados por magníficos actores, de Antonio de la Torre a Juan Luis Galiardo, cada uno con sus motivaciones. En ese sentido, resulta un gran acierto ambientar la trama en el Teatro Romano de Cartagena, otro añadido de Álex al guión de Feldman.

La rabiosa actualidad de todos sus temas es la gran baza de La chispa de la vida, que invita a la empatía inmediata desde, como bien comentó su director en rueda de prensa, su mismo protagonista. José Mota, cómico de shares estratosféricos, deja todos sus tics atrás para sorprender a propios y extraños cumpliendo con una interpretación que refleja el actor dramático que tenía guardado en su interior. Salvo en alguna escena, hecha para su uso y disfrute y en la que no puede evitar caer en cierta sobreactuación, sale airoso de un papel en el que la inmovilidad en la que se encuentra el personaje no deja cabida a muchos de los gestos con los que nos tiene habituados. Habrá que ver si esto no pasa de escarceo con el cine o si realmente hemos descubierto un actor.

Quizá no vaya a ser recordada como una de las grandes películas de Álex de la Iglesia; es más, es bastante probable que enseguida se le cuelgue la etiqueta de “título menor”. Pero, después de Los crímenes de Oxford (propuesta tan correcta como fría de la que somos incapaces de recordar más allá de los pechos de Leonor Watling) y la excesiva Balada triste de trompeta (proyecto tan ambicioso como fallido en el que la magnitud de las virtudes era igualada e incluso superada por la de los defectos), se agradece saber que Álex sigue ahí y que nos puede seguir trayendo títulos como este, cine sencillo y efectivo que entretiene al respetable a la vez que muestra sus tintes sociales. Ahí es nada.

 

Por Sergio de Benito y Favio Rossini

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