Críticas: J. Edgar

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Sea quien sea el mecanógrafo, solo Hoover (Leonardo DiCaprio) puede contar su propia historia. Eastwood y Lance Black (director y guionista) toman aparentemente el papel de esos anónimos pasantes que van transcribiendo las memorias dictadas por el director del FBI, dejando que el protagonista se convierta en el narrador en primera persona y el encargado de autorretratarse. Un personaje tan protector de su intimidad y tan poderoso como él nunca hubiera permitido que nadie contase su vida, y bajo esta premisa se busca la objetividad y crear la empatía mediante la identificación. Evidentemente, esto solo es la apariencia, bajo esa superficie los creadores se reservaban un as en la manga: el personaje de Clyde Tolson (Armie Hammer), la mano derecha de Edgar Hoover durante casi toda su estancia en el poder y con el que podría haberle unido algo más que una simple amistad. La presentación del personaje simboliza ya todo el secretismo de la relación: le vemos tras el cristal translúcido de la puerta del despacho de Hoover, es una sombra a la que dice que luego hablará con él. El actor está magnífico y con su aparición la película toma una dimensión muy diferente, vamos viendo cómo la realidad no acaba por ajustarse a lo que Hoover quiere hacernos llegar.

Llega demasiado tarde, eso sí, primero tendremos que asistir a una larguísima introducción en la que nos cuentan cómo se fundó el FBI y su odio hacia el comunismo. También nos presentan a Anne Marie Hoover (Judi Dench) y a Helen Gandy (Naomi Watts), cuya aportación es bastante irrelevante; los personajes femeninos están claramente apartados de la trama general. Toda esta parte parece estar puesta de cara a la galería, para reconocerle ciertos méritos al personaje. Pero ésa no es la película que quiere contarnos Eastwood, no le interesa poner en imágenes aquello que cualquiera puede saber buscando información por internet.

Él quiere adentrarse en la esfera privada de Hoover, en la relación con su madre y, especialmente, explorar ese vínculo que le unía a Clyde y por supuesto su lucha interior: la contradicción personal con la que subsiste, la dura disputa que mantiene entre la idea del hombre que tiene de sí mismo y lo que es en realidad. Es decir, el principal objetivo es poner contra las cuerdas los principios morales de uno de los hombres que ha forjado la ética conservadora de Estados Unidos. Una vez más, Eastwood nos está hablando de los problemas de la sociedad estadounidense a través de su historia, un film verdaderamente coherente con su filmografía: en Sin Perdón había una gran desmitificación de la etapa de la creación del imperio; en Bird , con la postguerra de trasfondo, trataba una parte muy importante sobre el racismo, un tema básico también en Gran Torino; en Banderas de nuestros padres, la 2ª Guerra Mundial servía como excusa para hablar del precio de la fama y de la falsedad del éxito americano… En J. Edgar tiene sus puntos de anclaje en la hipocresía de la política y la represión sexual, la homosexualidad.

Formalmente se siguen las mismas premisas de los últimos años con ese estilo sobrio y clásico, la fotografía de Tom Stern (director de fotografía de todas las películas de Eastwood desde Deuda de Sangre) llena de sombras y muy contrastada, heredera por supuesto de Gordon Willis. Tal vez la película se desmarque un poco del clasicismo típico de su filmografía en el montaje que, provocado posiblemente por la narración en paralelo, se atreve a llevar un ritmo visual más agitado y sin respetar el raccord de manera fiel dentro de cada secuencia. En el aspecto negativo hay que destacar la banda sonora. Es la sexta ocasión en la que compone la música de sus películas y la sexta vez que repite la misma operación: un piano de notas en su mayoría agudas tocado a un ritmo sincopado. Y más allá de su originalidad, también habría que cuestionar su efectividad, ya que no aportan nada extra a lo que estamos viendo en la imagen .

Para el final hemos dejado la interpretación de Leonardo DiCaprio, seguramente la mejor de su carrera junto a la de Revolutionary Road. Suele ser muy agradecido este tipo de personajes: Forrest Whitaker o Helen Mirren son solo dos ejemplos de actores galardonados con el Oscar interpretando un biopic. El mérito más destacable de Di Caprio en este caso está en los fragmentos de la etapa de la vejez de Hoover, en la que cargado con un aparatoso maquillaje logra transmitir una enorme verosimilitud y sigue manteniendo la esencia del personaje.

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