Críticas: La maldición de Rookford

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Rara es la ocasión en que uno va en blanco a la sala, y ese era mi caso con El despertar. Una pena que el director no sepa aprovechar las virtudes iniciales de su cinta para armar algo más personal y arriesgado, porque aunque el film acaba deveniendo un coñazo y cayendo en esos lugares comunes, resabidos giros de guión y conclusiones que ni se sabe que pretenden alcanzar, sí cabe aplaudir un arranque ciertamente enérgico donde el debutante en largo Nick Murphy nos introduce en la historia de Florence Cathcart, una mujer que no cree en las apariciones y se dedica a desenmascarar las farsas de cuantos aprovechan la ocasión para intentar que algunos incautos sí crean, granjeándose así un beneficio propio.

Su introducción es concisa y el modo de presentar sus personajes resulta ciertamente potente, en especial por la contraposición del fuerte carácter de la protagonista con el de Robert Mallory, un tipo que le pedirá que investigue unas apariciones en una escuela, y que no parece tener unas convicciones demasiado férreas sobre el tema, como sí las tiene Florence. Antes de eso, sin embargo, Hall ya ha deslumbrado en una secuencia por su cortante manejo de las situaciones, y una fotografía entre sus manos nos ha indicado que detrás del personaje se esconde mucho más de lo que podría parecer.

A partir de ahí, la exposición de métodos de la protagonista y la aparición de personajes como el de Imelda Staunton o algún que otro niño relevante para el devenir de la trama, amenizan una investigación que en ningún momento se torna plomiza y que mantiene un tono muy acorde con todo lo visto anteriromente, sin embargo, es a partir de su resolución el momento en que el relato empieza a desbarrar, en primer lugar ofreciendo un desenlace que parece salido de un episodio de Detective Conan (y ojo, que la serie tenía su punto, pero aquí la cosa no encaja ni con calzador), y más adelante introduciendo giros que, lejos de resultar atrevidos y proponer problemáticas o conclusiones distintas, vuelven a los mánidos terrenos de siempre, esos que ya nos conocemos de pe a pa y que no parecía que se pudiesen estilar en una cinta como El despertar, menos viendo su tramo posterior a la resolución, y es que ahí el cineasta británico si tiene un poco más de bemoles al plantear un conflicto interno que parece tener más chicha de lo adivinado, y que hace entrar la cinta en un linde aunque más denso, mucho más interesante que lo propuesto hasta el momento.


Es a partir de ese punto donde empezamos a advertir las intenciones de Florence, que quizá no estaba tan convencida como parecía, y que toman un rumbo distinto durante buena parte de metraje. Un metraje que nos hace esperanzarnos por encontrar una resolución distinta y de mayor calado, para terminar dándonos en las narices con el enésimo giro de guión, acompañado de uno de esos chusqueros flashbacks que están tan mal introducidos que el espectador termina por no saber ni de donde sale. Cierto es que el ya mentado giro estaba preparado hasta cierto punto, pero tan cierto como que endosarle un final así al espectador, rompiendo con todas las virtudes creadas en un conjunto donde no sobresalían precisamente los golpes de efecto (quitando la resolución del caso), no es de recibo. Menos, si la exacerbación dramática aparece de la nada para subrayar unos minutos finales que no requerían tal empresa.

Atrás pues quedan una interpretación de Hall que se devanea entre lo mejor y lo peor de un papel al que por momentos le falta la convicción que posería al principio, los roles de un Dominic West bastante serio y Staunton que, con poco que haga, ya brilla con luz propia, así como unos parajes/emplazamientos que dan vida propia en ocasiones a un metraje amparado por su buena ambientación o unos efectos especiales que sacan partido de las pocas apariciones que vemos en pantalla. Una pena que el conjunto termine resultando tan inestable, en especial si tenemos en cuenta lo que la premisa podría haber dado. Otra vez será.

 

 

 

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