Cara o cruz: Shame

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Steve McQueen está a punto de estrenar en España la esperada Shame, tras su excitante debut con la magnífica Hunger. La redacción de Cinema ad hoc se ha dividido ante su propuesta y aquí está el resultado.

Cara por Caith Sith:

2011 acabó siendo un año bastante bueno en cuanto a cine. Hasta después del verano no comenzó a llegar la artillería pesada pero desde el arranque de Venecia la cosa cambió. Shame se estrenó en el certamen italiano y poco después llegó a San Sebastián en una proyección especial en su sección «Zabaltegi – Perlas de otros festivales». Quería poner en este contexto porque fue allí, en Donosti, donde pude ver otras maravillas como El árbol de la vida o Nader y Simin, pero la que más me gustó fue esta segunda película de Steve McQueen, la que con más fuerza sigue resonando en mi cabeza desde entonces. Tal fue su impacto en mi que, tras verla a media tarde (en un pase a las 17:00) corrí raudo y veloz a la taquilla para hacerme con una entrada y poder verla de nuevo esa misma noche, a la una de la madrugada.

Shame es así: se mete bajo la piel, te hace pensar y actuar de otra forma, se integra en quien la ve, golpea e instruye. Nadie dijo que la vida fuese fácil y esta nueva aproximación a la realidad del director de la también excepcional Hunger, no es cine sencillo, ni simple. No se asimila si no se presta atención e incluso haciéndolo, no se pueden ver todas sus aristas. La perfección de la imagen, la explicitud de sus desnudos o las viscerales interpretaciones de Fassbender y Mulligan pueden llevar al engaño. En Shame late el dolor humano, la tristeza de un personaje (o una persona) en sus límites. La historia de Brandon, un exitoso joven de negocios que sufre una adicción terrible al sexo sirve como excusa para hablarnos de la propia naturaleza humana. La aparición de su hermana tampoco es casual, y la imagen se congela cuando ésta coge un micrófono, y entre tanta oscuridad ilumina la pantalla con un primer plano mientras su voz moldea un melancólico New York, New York.

Steve McQueen se preocupa por capturar el instante, la situación. Por narrar una historia de forma que sea fácil de seguir pero al mismo tiempo permita el leer entre líneas. No se queda en la superficie, no es una fábula; hace fácil lo difícil, convirtiendo una idea, un concepto, en una reflexión tan abierta a interpretaciones como plural en sus objetivos. La dirección se adecua así a lo que necesita la secuencia: planos largos o sostenidos son combinados con imágenes que se desarrollan en paralelo. Su origen como video-artista (de forma más orgánica que en Hunger) abre posibilidades que se saldan con resoluciones visuales milagrosas, como en cierto plano secuencia en el que Fassbender sale a correr a la calle y seguimos su periplo y, mediante la luz, o el escenario, nos va mostrando el estado anímico de su personaje.


Shame es una película excepcional, incluso para los estándares de su director. Y decir que fue lo mejor de 2011 significa ponerla por encima de El árbol de la vida, The Artist, Drive, Nader y Simin y otras tantas grandes obras cinematográficas que nos llegaron el pasado año. Pero las cosas son así: llega un realizador británico con un nombre común entre la cinefilia (por casualidades del destino) y eclipsa a la leyenda; qué diablos, la devora, para forjar la suya propia. Steve McQueen es (parte de) el futuro del cine. Shame ya está grabada a fuego en la historia, y qué importa si no se aprecia ahora, o si realmente consigue trascender. Su grandeza es evidente, y su calidad, indiscutible. ¿Obra Maestra? No quiero poner etiquetas. Pero qué diablos; si no lo es, está cerca de serlo. Brillante.

Cruz por Neathara:

Existen al menos tres motivos para que Shame, a priori, parezca una propuesta enormemente atractiva: en primer lugar, el cada vez más de moda Michael Fassbender, en uno de esos papeles en los que un actor baja a los infiernos para subir de nuevo cargado de premios; además, el morbo de su temática sobre las miserias existenciales de un adicto al sexo; y en último lugar, la buenísima prensa que ha acompañado a lo nuevo de Steve McQueen desde que inició su andadura en los circuitos festivaleros.

La película cumple parte de las expectativas. Fassbender pone toda la carne (literal y figuradamente) en el asador, ofreciendo una interpretación tan cruda como incómoda, una de esas interpretaciones que nadie tendrá agallas para nominar nunca a los Oscar. Gracias a su colosal trabajo, consigue convencernos, a los diez minutos de película, que estar así de bueno y ser un follarín de los bosques puede ser una desgracia para un hombre.

Su personaje, un ejecutivo condenado a una fiera necesidad de orgasmar que cada vez se torna más urgente y despiadada, pertenece a la cosecha de los dosmiles de «hombre enfrentado a su vacío existencial». Y aquí es cuando entra la parte más decepcionante de esta película, que es lo convencional que resulta al expresar este sentir con las imágenes más tópicas posibles: haciendo footing por una ciudad vacía y triste, tumbado en la cama mirando al techo, iluminación fría y gris y un empleo de la música absolutamente erróneo, apostando por los cada vez más execrables clímax musicales que aberran la mayor parte del cine moderno con pretensiones y que muchas veces para lo único que sirven es para enmascarar un deficiente empleo del sonido.

Todo ya lo hemos visto antes, por ejemplo, en Lost in Translation. No encuentro nada de la personalidad del director tras estas imágenes y tampoco recuerdo una sola escena que se grabe en la retina. Su mejor momento, que es cuando la hermana del protagonista (Carey Mulligan) entona New York, New York en un club nocturno, se produce apenas a los veinte minutos de película, cuando apenas sabemos nada de la relación entre estos dos hermanos; el impacto que debería producir esta escena se atenúa y desaparece. No tiene sentido el momento en el que está insertada y no logra las emociones que debería.

El guión tampoco es ni lucido ni lúcido: se desgranan todas las situaciones que el espectador ya espera de antemano y lo que empieza pareciendo un retrato de la soledad urbana con posibilidades, acaba siendo un simple retrato de la adicción, sus bajones, sus picos, sus excesos y sus arrepentimientos. A mi parecer Shame es una película que no descolla entre otras tantas de temas similares y en la que encuentro escasos motivos para el entusiasmo, excepto por su traca final, donde el one man show de Fassbender alcanza su cota máxima, con una cadena de acontecimientos tan desatadamente ridículos que acaban moviendo a la risa involuntaria. Para acabar, como esperamos desde el principio, con un simétrico, (¿te suena, Mari Sofi?) final.

 

 

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