The Dark Mirror (Robert Siodmak, 1946)

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«De vez en cuando los gemelos parecen ser únicos»

 

Durante la década de los 40, el thriller policíaco-psicológico se encuentra en pleno auge de la mano de creadores como Hitchcock (Recuerda, 1945), Lang (Perversidad, 1945) y, en general, de todos los desembarcados de la UFA alemana. A estos últimos pertenece Siodmak, quizás el cineasta que estuvo más cercano al maestro Lang y que, junto a éste, firmó más obras maestras dentro del género negro. Los libros de historia dedican letras y letras a su Forajidos, de 1946, pero nadie puede olvidarse de El Abrazo de la Muerte, de 1949, con una Yvonne De Carlo que nunca ha estado mejor, La Escalera de Caracol, de 1946, El Sospechoso, de 1945 o Una Vida Marcada, de 1948, un paseo por el underworld  neoyorquino de la mano de unos excepcionales Conte y Mature. Director acunado en el expresionismo alemán más oscuro, fue otro de los huidos del nazismo y otro que padeció posteriormente el clima de denuncias y delaciones que reinaban en los States durante los ´40 y ´50. El resultado de esta situación fue una corriente cinematográfica, encuadrada dentro del cine negro, que tenía las teorías de Freud como fondo y la maravillosa realización de estos autores como forma. A Través del Espejo, de 1946, es una cinta que, como veremos ahora, se encuadra perfectamente en lo relatado anteriormente. Filmada para la Universal, contó con la producción y guión, sobre una novela homónima de Vladimir Pozner, del productor, guionista y director americano Nunnally Johnson (como guionista en Las Uvas de la Ira, de 1940  o Las Llaves del Reino, de 1944) y que anticiparía a la película que él mismo dirigiría en 1957, Las Tres Caras de Eva, también relacionada con las disociaciones de personalidad que se tratan en este filme. Espejos, simetrías, ambigüedad, dobles intenciones…son los pilares sobre los que se construye esta A Través de Espejo.

 

Se abre el telón. Sobre las manchas del test de Rorschach, los títulos de crédito. Y un apartamento. El apartamento del doctor Frank Peralta quien, y nadie esperaba otra cosa, aparece tendido sobre su propia sangre mientras su cuerpo va cogiendo la temperatura del fiambre. Para ese momento ya ha aparecido en la escena del crimen el Lt. Stevenson (Thomas Mitchell), un sabueso de la antigua escuela que resuelve sus casos por el viejo método de «el arte de birlibirloque» mientras riega con bourbon sus noches en la oficina. El tirar del hilo es el primer paso. Hacer preguntas el segundo; muchas preguntas. Así se llega lejos. Las respuestas escriben un nombre en la libreta del Inspector: Ruth Collins (Olivia de Havilland). Varios testigos la vieron entrando, saliendo, rondando, el apartamento del doctor. Pero Ruth tiene una coartada. Una coartada que la sitúa a varias millas del lugar del crimen, junto a gente respetable y compartiendo actividades decentes. Ella es una chica dulce, guapa. Stevenson está desconcertado. Pero es en una de sus visitas a Ruth cuando descubre el pastel. O mejor dicho los pasteles. Son dos. Gemelas. Viven juntas, crecen juntas. Ruth y Terry. Terry y Ruth. Como dos gotas de agua. Los testigos, en un principio muy seguros de poder identificar al sospechoso, comprueban con estupor como no son capaces de diferenciar a una de la otra. Es tan inútil como estar borracho e intentar distinguir entre un etiqueta negra y un Lonch Castle. Pueden comprobar que soy un hombre respetuoso y pongo las iniciales con mayúscula, pero todos sabemos que ese brebaje no las merece. Volviendo a Stevenson, tiene un problema, un gran problema.

 

Las gemelas mientras tanto juegan al desconcierto con el Inspector, quien se ve maniatado ya que según las leyes estadounidenses esta situación las hace inmunes a cualquier acusación que no esté basada en pruebas indudables contra una de ellas en concreto. Stevenson está en un callejón sin salida y decide recurrir al doctor Elliot Scott (Lew Ayres), un psicólogo licenciado en Ciencias Médicas y Filosofía, experto en el tema y que ha publicado libros como Gemelos, un artículo clínico o Rasgos mentales de los gemelos idénticos.  Termina así la investigación criminal y comienza la investigación psicológica. Elliot asegura a Stevenson que hay manera de distinguirlas: «de vez en cuando los gemelos parecen ser únicos», dice el médico. Ambas se prestan a ser estudiadas por el doctor que, la verdad, tonto no es. Ya saben, dos bombones al precio de uno y el viejo sueño varonil del tres en francés. Las somete al test de Rorschach y los resultados le inducen a pensar que ambas, efectivamente, son diferentes, demasiado diferentes. Las respuestas, escalofriantes:

–       Elliot: «Te diré una palabra y responderás lo primero que se te ocurra»

–       Elliot: «Espejo»

–       Ruth: «Muerte»

Repitiendo el mismo juego con Terry:

–       Elliot: «Muerte»

–       Terry: «Espejo»

Llegados a este punto, Elliot está hasta el cuello. Se ha implicado emocionalmente. Ya no quiere la oferta del carrefour. Se ha dado cuenta que uno de los bombones está pasado, huele a podrido. El otro, sin embargo, le va dejando cada vez un sabor más dulce en su paladar. Ante él tiene un mismo rostro, pero ya distingue perfectamente cuál es el afable, cuál sería imposible que cometiera un asesinato: «dime», dice el médico a Ruth, «¿por qué eres más hermosa que tu hermana?». Terry, por otro lado, cada vez da más muestras de su desequilibrio. El acercamiento entre el doctor y Ruth la saca de quicio. Comienza así el desquite con su propia hermana a quien confunde durante la noche con ruidos, ráfagas de luz y pesadillas imaginarias que la colocan al borde de un ataque de nervios. Es entonces cuando el doctor Elliot informa Stevenson de la realidad de las dos hermanas. Es entonces cuando las horas como inocente de Terry llegan a su fin.

Es increíble como la película de Siodmak es capaz de lidiar una intriga tan complicada en apenas 85 minutos. Glorioso. Complicada y compleja. Además, los temas planteados tienen su aquel: disociación de personalidad, el crimen perfecto, lo inútil de la ley ante ciertos factores naturales, los límites entre la investigación criminal y la psicológica. Evidentemente todo esto se consigue desde una sencillez narrativa ejemplar y de una puesta en escena meticulosa, medida al milímetro. La profundidad de campo, caracterizada por la continua presencia de los espejos, lleva a la película a otra dimensión donde el espectador, a través de ellos, va vislumbrando con claridad lo que el rostro de Olivia no deja ver en primera instancia. Porque mención aparte merece la actuación de la compañera de Errol, la hermana del primer marido de Scarlett O´Hara (aka, señorita Escarlata). La actriz es capaz de dibujar con su rostro dos personajes totalmente diferentes, antagónicos, y que, además, comparten pantalla. La dramatización de los caracteres que representa supuso además un cambio radical en su carrera, marcada hasta entonces por ser la fiel compañera del héroe solitario. La mirada de Siodmak sobre Oliva también ayuda a desmarcar a la actriz de sus papeles habituales. Esta va evolucionando sin pausa hasta llegar a un final donde encontramos a dos personajes diferentes en la piel de una misma actriz. Lo meritorio de esto es que una hora antes, en su primera aparición y a igual que el Lt. Stevenson, uno no sabría distinguir a Terry de Ruth, quién es el ángel y quién el diablo.

Uno de las características a destacar del filme de Siodmak tiene que ver mucho con el apartado técnico. Y es que supuso un enorme esfuerzo, amén de revuelo en su estreno, conseguir que Havilland apareciese interpretando dos papeles y en un mismo plano, como ocurre en muchas escenas de la película. Incluso en una de ellas Ruth se recuesta sobre Terry para mayor estupor del público de antaño. La cantidad de trucos utilizados –plano contraplano, división casi imperceptible de la pantalla en dos- permitió un notabilísimo resultado para los medios disponibles de la época. Sin duda, también se debió al enorme talento que tenía a disposición el director alemán, comenzando por el suyo propio y siguiendo con el maestro de los efectos especiales clásicos Eugen Schuftan cuyo trabajo en Metrópolis, de 1927, le había dado nombre y fama internacional. El rostro asimétrico de Olivia también facilitó una puesta en escena clave en el desarrollo de la película. El desenlace de las dos intrigas, la investigación criminal y la psicológica, se cierran a la vez que se acaba con el tercer nudo planteado y que tiene que ver con el odio que Terry profesa a Ruth debido al, y como sabremos a través del doctor Elliot, fracaso amoroso de Terry con los hombres, que por el contrario caen rendidos ante el rostro angelical de Ruth. Puede incluso dejarse entrever algún signo de homosexualidad en la propia Terry y que complican la relación con su hermana hasta el infinito.

He oído por ahí, y más de una vez, que Sigmund Freud es uno de los mejores guionistas de la historia del cine. La cantidad de películas relacionadas directa e indirectamente con el legado del neurólogo austríaco son legión. Y es en el cine negro donde, y lo afirmo rotundamente, se desarrolla más brillantemente esta íntima relación entre la ciencia y la ficción. A Través del Espejo es una muestra irrefutable de esta afirmación. Una película que, como podrán comprobar, pertenece a ese cine donde los secretos del diván son propiedad del público y en la que la ciencia queda al servicio del cine y sus intrigas.

 

 

Los protagonistas:

La buena: Ruth Collins (Olivia de Havilland)

La mala: Terry Collins (Olivia de Havilland)

El erudito: Scott Elliot (ALew Ayres)

Es sabueso: Lt. Stevenson (Thomas Mitchell)

 

Frases para la historia:

Doctor Elliot: «De vez en cuando los gemelos parecen ser únicos»

Lt. Stevenson: «Soy un bicho raro. No me gusta el crimen perfecto, ni siquiera en las novelas»

Lt. Stevenson: «Es un tipo muy listo para ser universitario»

Doctor Elliot: «¿Por qué eres más hermosa que tu hermana?»

 

Ficha en FA: http://www.filmaffinity.com/es/film810853.html

Ficha en IMDB: http://www.imdb.com/title/tt0038455/

One Response to The Dark Mirror (Robert Siodmak, 1946)

  1. FullPush dice:

    Di que sí, pequeña gran película semidesconocida del inmenso Siodmack. Merece un visionado, desde luego, pues no ha envejecido ni un átomo. Genial esa atmósfera tan conseguida de ambigüedad psicológica y tensión latentes. Muy recomendable.

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