El director olvidado de Jesús Pérez

Escrito por

Twitter icon

Jesús Pérez (a.k.a. Kafka) nos trae al español Francisco Regueiro.

Francisco Regueiro (Valladolid, 1934) es, no ya uno de los directores a los que cabría calificar como olvidados en la historia de nuestro cine, sino más bien como un cineasta en muchas ocasiones maldito, ignoto y prácticamente no estrenado o en muy malas condiciones cuando lo ha conseguido. La ciega crítica de este país se inspira en vanagloriar en multitud de ocasiones cualquier mediocridad “autoral” llegada allende nuestras fronteras o las propias de aquí, obviando de manera lastimosa y sangrante la carrera cinematográfica de un cineasta absolutamente peculiar, de ideas intransferibles y con una trayectoria tan incorregible como globalmente admirable, algo bien poco común en el tradicionalmente parco cine patrio.

El cine de Regueiro se distingue la mayor de las veces por argumentos que, aún dentro de su aparente realismo y linealidad, no guardan sino una estructura interior, basada en el andamiaje de los personajes y una gran capacidad para la fábula (acrecentada de manera extraordinaria desde su colaboración con el gran crítico, ya finado, Ángel Fernández Santos), llena de ideas y talento, regados de desquiciamiento controlado y rayano el surrealismo, con geniales, muchísimas veces, goterones de humor negro que caen, paradójicamente, como lluvia fina que moja agradablemente. La obsesión mayor de buena parte de su obra está fundamentada en el amor (especialmente la primera parte de su obra, hasta Las bodas de Blanca), pero nunca en un amor rosáceo y/o cercano a la felicidad. Para Regueiro el amor se deriva directamente de la prácticamente imposibilidad de mantener entre hombre y mujer unas satisfactorias y minimamente alargadas relaciones sentimentales. En esto casa, por ejemplo y seguramente sin pretenderlo, con Antonioni, sólo que dónde el maestro italiano tiraba por el lado del drama íntimo/psicológico, el vallisoletano se decanta por la comedia negra de tono ligeramente críptico. Tal es así, que esos personajes muchas veces no son más que seres frustrados, extraños, autoaislados (otra vez Antonioni) y ensimismados en su mundo interior. El cine de Regueiro está preñado de antihéroes. Su cine es realista pero subliminalmente mágico y fantástico, recorrido por una especie de ensoñación en muchos casos, que le han hecho ser acusado, con nimia simplicidad y gran bajeza, de ser un autor hermético. Maldita sea. Nunca es Regueiro un cineasta hermético en el sentido de la vacuidad o trascendentalismo tan común a otros popes del séptimo arte. Su cine jamás es caprichosamente hermético, si es que en algún caso lo es. Todo busca y suele tener un sentido, tanto cinematográfico cuando no meramente antropológico o intimista. Para Regueiro el ser humano no es sino una amalgama de defectos, vicios, imperfecciones e inseguridades, solo transitoriamente feliz en momentos puntuales generalmente fusionados a algo surrealista, casi diríase inconcebible y/o mágico, llegando a la conclusión final: el feroz absurdo, el sinsentido latente de nuestra sociedad y de muchos de nuestros valores.

Casable, en cierto modo con cineastas como Saura (en su riquísima y alegórica etapa de los 60 y 70) y, sobre todo, con Buñuel (y cabe hablar de Regueiro, siempre olvidado, como uno de sus más indiscutibles y notables discípulos), así como en algunos momentos con el naturalismo magistral de Erice (aparte de su involuntaria conexión con Antonioni, antes apuntada), posee Regueiro, no obstante, una personalidad propia, un catálogo personal, una vocación de riesgo intransferible que le dan unas coordenadas de cineasta, sin duda, rabiosamente poderoso y a reivindicar urgentemente. Además de las influencias puramente cinematográficas, bebe el vallisoletano de todo el espíritu y el universo valleinclanesco y del maravilloso y único esperpento consustancial a éste, con personajes puramente ibéricos, de gran raíz carpetovetónica.

Su filmografía se inicia con El buen amor (1963), película claramente adscribible al llamado Nuevo Cine Español (en la línea de Martín Patino y sus Nueve cartas a Berta), pero apenas se puede considerar esta obra como un ensayo discreto de su cine posterior, aunque ya se trata el tema de la imposibilidad de cristalizar el amor, aún incluso en la ingenuidad de dos jóvenes universitarios que engañan a sus padres para pasar un cándido día en Toledo, que no hace sino sumergirlos todavía más en una monotonía que masacra en gran medida la semilla de su amor.

Después viene Amador (1964), sin duda alguna una de las mejores obras de su filmografía y que para algún crítico es una de las obras maestras del cine español (cómo no, Carlos Aguilar a la cabeza). Sin llegar a esa altura quizás, pero siendo una obra magnífica, sí debiera ser incrustada con toda legitimidad en cualquier antología que se precie de ser minimamente rigurosa de la Historia del Cine Español. Amador es un drama salpicado de espléndido y tremendo humor negro, con una utilización muy notable del lenguaje cinematográfico en aras de una penetración psicológica tan punzante como sólida y convincente hacia el personaje de Maurice Ronet, un neurótico, misógino y egoísta personaje tan bien construido que hasta llegamos a empatizar mucho con él. Aquí, la frustración y dificultad para mantener unas relaciones reales y creíbles desde el punto de vista sentimental quedan plasmadas de manera espléndida, erigiéndose en una de las mejores películas del cine español de su tiempo, además de alejada de todo modismo.

Cuatro años después estrenaría Si volvemos a vernos (1968), peculiarísima y más que aceptable película que cuenta la vida de dos matrimonios cuyos hombres son militares americanos destinados en la base de Torrejón. La película se centra sobre todo en el personaje de Esperanza Roy, una exprostituta, en un personaje poderoso, interpretado con gran arrojo y determinación. Película prácticamente desconocida y cercana a lo maldito, tiene ecos del cine de Cassavettes y dentro de su realismo, destila un pegajoso magnetismo que la hace ser una obra muy considerable.

De 1972 es Carta de amor de un asesino, una de sus mejores películas y quizás su film maldito por excelencia, nunca estrenado comercialmente en España. Producido por el gran Elías Querejeta, no es sino una compleja película, de las más personales de su autor, de atípica y extraña atmósfera, llena de riqueza interior, que es una reflexión conseguidísima acerca de temas como el amor y sus derivadas, la muerte, la atracción de matar a partir de una frustración/obsesión, de esa obsesión como motor vital. Gran fotografía de Luis Cuadrado y una de las mejores y más desconocidas interpretaciones de López Vázquez, es una obra raramente poética, incomprensiblemente ignorada.

Duerme, duerme mi amor (1975) es una comedia negra centrada una vez más en un matrimonio con enormes dificultades para mantener una vida más o menos normal y creíblemente feliz. Película llena de mala leche y dónde el macho es dominado en el día por la mujer, sin que éste vea otra salida que dormirla a ésta por las noches, para que él pueda irse a tontear con la vecina. Estamos en el fin del franquismo y es una obra hecha en total libertad creativa, creándose un caos tan controlado como absurdamente cómico.

De ese mismo año es la críptica y extraña Las bodas de Blanca. De argumento directamente demencial y rayano el esperpento, y aún teniendo altibajos en su guión (ya en colaboración con Fernández Santos), resulta una obra del todo inclasificable, tan oscura como sibilina, tan abierta como personal, con una búsqueda constante en el director por conseguir una comunión entre la luz y la imagen, a partir de la fotografía de Fernando Arribas. Es una obra clave en su filmografía, la película bisagra que da paso a su segunda y más madura etapa creativa, con tres títulos fundamentales, entre ellos una obra maestra incontestable.

Padre nuestro (1985) da paso, tras diez años sin estrenar, a su segunda etapa creativa, y es junto a Madregilda su obra más conocida/reconocida (bien poco, no obstante). Aquí Regueiro se enfrasca en otros de sus temas favoritos: el anticlericalismo, la hipocresía del ser humano, la igualdad moral de todos contra todos. Con un humor soterrado y certero, y ecos bíblicos de Caín y Abel, se logra un convincente y sólido mosaico de personajes, logrando una lectura final de que es más fácil ofender hasta lo más profundo solo señalando, sin necesidad de descargar la escopeta y disparar a destajo, sin control alguno. Y es que todos los pasados podridos hacen que sea muy difícil crear un presente honorable por mucha integridad moral que se quiera tener/aparentar. Como en Buñuel, y ésta es quizás su obra más buñueliana, las apariencias engañan formidablemente.

Con Diario de invierno (1988) hizo Regueiro su obra más ambiciosa y con la que al menos se reconoció a Fernando Rey su interpretación. Otra vez retomando la historia de Caín y Abel y con una estructura narrativa compleja a partir del guión en colaboración con Fernández Santos, se articula un mosaico de cine recorrido por el onirismo, la fantasía y la realidad, dentro de una madeja dramática llena de personajes simbólicos, dónde el gusto por lo valleinclanesco se desemboza tomando cuerpo definitivamente.

Y ya en 1993 realiza Madregilda, la que es hoy en día su tristemente última película y su obra maestra indiscutible, a la par que una de las cimas del cine español de los 90, sangrantemente olvidada por la mayor parte de la crítica. Regueiro se lanza ya definitivamente al esperpento, desde un guión riquísimo, en constante regeneración y filigrana, que oscila de manera majestuosa de la parábola a la metáfora, de la hipérbole a los cambios de ambientes y las historias paralelas, para hacer una radiografía tan venenosa como raramente nostálgica de Franco y su entorno, en su idílica y hambrienta España. Genial la interpretación/caracterización de Echanove como Franco y una obra inteligentísima, que aún dentro de una causticidad indisimulada, jamás cae en la bajeza, resultando tan dura como fuertemente compasiva, y a la que cabe ver, en síntesis, como el ejemplo paradigmático de lo que Regueiro ha sido, es y será para el cine español: un autor que tras rematar su filmografía con una obra maestra, después de regalarnos ciento cinco minutos de lo mejor del cine español de los últimos años, efectivamente ha publicado con ello también su esquela. Luego vendrán los intelectualillos de turno algún día, a reivindicar la obra de un cineasta olvidado, tratado casi como maldito y jamás reconocido, hasta la fecha, en vida. Pues si ese día llega alguna vez, que no cuenten conmigo. La voz propia de este cineasta siempre atronará en mis oídos, desde que viera su primera película hasta la revisión que hago de cualquiera de ellas.

Texto de Jesús Pérez.

2 Responses to El director olvidado de Jesús Pérez

  1. Tarko dice:

    Muchas gracias a Jesús por su extraordinario análisis de la obra de Regueiro.

  2. golfix dice:

    Fantástico artículo Jesús.
    Yo también me apunto unas cuantas para visionar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *