Críticas: The Yellow Sea

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Hace unas semanas os anunciábamos que Mediatres distribuiría The Yellow Sea en España, y hoy os traemos nuestra reseña sobre el segundo film de Na Hong-Jin.

Ambientada en la frontera entre Corea del Norte, Rusia y China, poblada por multitud de actividades ilegales y donde se encuentran los Joseonjok, chinos nacidos en corea y marginados de la región, el cineasta coreano ofrece una premisa de lo más sencilla y funcional al espectador: Goo Nam, un taxista asolado por las deudas debido a que hipotecó su futuro para que su mujer pudiese huir a Corea del Sur en busca de un futuro mejor, aceptará el encargo de matar a una persona que se encuentra en Busan (por lo que tendrá que viajar ilegalmente) con la condición de que su deuda sea cancelada.

Con una base como esa, Na Hong-Jin consigue armar un thriller que a ratos se siente político y a ratos deriva en una línea de acción más excesiva (que incluso podría recordar a la Hollywoodiense si no fuese por un detalle), pero que sin embargo está a años luz de lo que estamos habituados a entender como thriller político, puesto que aquí la palabra thriller se mantiene en pie y los eternos discursos en pro de alcanzar cierto compromiso con lo que se está denunciado o una mayor contundencia crítica desaparecen, en The Yellow Sea no es más que otro complemento de la trama, que avanza y retrocede con ella, sin necesidad de erguirse como una de sus armas y para hablar por si sola en un film cuya importancia no reside en ese punto. En cuanto a la acción, una acción que por momentos se torna exagerada por el planteamiento en sí más que por ninguna otra cosa, se aleja a pasos agigantados de ese modelo de Hollywood porque, como les comentaba antes, existe un detalle que la aparta con contundencia de esa corriente: su tono, y es que el tono urdido por Na Hong-Jin busca para sus secuencias una mayor entereza o credibilidad, pero paradójicamente les resta importancia empleando recursos de lo más curiosos, que van desde extraños fundidos tras persecuciones multitudinarias de varios minutos, hasta secuencias cómicas donde no cabría el contrapunto humorístico, pero en el que se busca aprovechando para dar un pequeño pescozón a la autoridad local y su incompetencia, e incluso teniendo los bemoles de encajar una elipsis donde ni el más osado hubiese sacado atrevimiento.

No piensen, sin embargo, que por quitar hierro al asunto el coreano esté cayendo en una incoherencia, pues es más bien al contrario. Esas partes de acción refuerzan el transcurso que logra que pasemos de observar a un protagonista que malvive en un piso y se pasa las noches jugando, pero cuyo aspecto no deja de ser saludable, a un tipo que termina pareciendo el Joseonjok al que le acusaron de ser durante una partida, vagando por las calles de una Corea desconocida para él, totalmente pálido y con una apariencia que en ocasiones se asemeja más a la de un espectro recorriendo lugares sin saber exactamente a que atenerse, para terminar haciendo de la venganza un arma contra los que le arrebataron todo lo que quería y jamás hubiese sabido como pedir: el reencuentro.

Y es que en The Yellow Sea el amargo del conjunto, que erroneamente puede llegar a creerse que pretende abarcar más de lo que realmente hace por estar dividida en cuatro capítulos, termina rezumando por donde quiera que pasa, y atrayendo a cada uno de sus personajes hacía una terrible perdición que no tiene porque ser necesariamente un nexo con el aliento final, pero sí les acerca a un estado semi-catatónico donde sólo los impulsos y, en especial, los sentimientos, les hacen reaccionar: el odio, nostalgia, ira y tristeza se unen en un torbellino final que el propio cineasta contrarresta para terminar dilucidando lo que ya venía advirtiendo durante toda la cinta: que la acción no era importante, que la maraña que enlazaba con lo político sólo se presentaba como una progresión, una parte más de la trama, y que las huídas de este particular fugitivo de ojos rasgados no eran más que la suya propia: de un pasado tan doloroso que sería complicado escenificar, y de un presente cuyo futuro parece tan incierto, que el único refugio sólo podría ser la de una presencia que, llegados a ese punto, quizá sería mejor no volver a sentir.

 

 

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