Críticas: Si quiero silbar, silbo

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Hace ya un tiempo que venimos asistiendo a un cierto filón del cine rumano, que se ha hecho un hueco imprescindible en cualquier festival europeo que se precie... Ahora, y tras su paso hace dos años por la Berlinale, donde se alzó con el Gran Premio del Jurado, llega a nuestras pantallas una «nueva» propuesta: Si quiero silbar, silbo (Eu cand vreau sa fluier, fluier, Florin Serban,  2010).

El cartel de la película directamente nos vende «la mejor película rumana revelación después de 4 meses, 3 semanas y 2 días», lo que nos dice hasta qué punto hay un público para dicho mercado. Esto nos lleva a pensar que vamos asistir a ciertas constantes de la cinematografía rumana actual, el (mal) llamado nuevo cine rumano: búsqueda del presente en el pasado más inmediato (o, dicho de otro modo, mirar al pasado, últimos años de la dictadura comunista y su ruptura, para ver el reflejo en el presente, democracia corrupta con sabor a desencanto), apoyado en una apariencia de realidad mediante una narrativa directa, seca, muchas veces con cámara al hombro, luz natural y espacios no artificiales.

Lo cierto es que no le hace ningún favor el reclamo al filme en cuestión, porque sale escaldado con la comparación y porque es una afirmación que se dice demasiado a la ligera. Pero bueno, supongo que no viene mal para vender entradas el mencionar la cinta rumana más taquillera que se recuerda.

Entrando en materia, la cinta trata de ser una renovación temática sobre la incomprensión del mundo adolescente ante la vida. El director intenta meternos en la cabeza de ese chico, al que le quedan pocos días para salir del centro de detención de menores, usando la cámara al hombro que sigue en todo momento la nuca de nuestro protagonista. El chaval sólo tiene que estar callado, con la cabeza gacha y podrá disfrutar de la libertad para cuidar de su hermano pequeño. Lleva así 4 años. Obviamente, dicha cotidianidad se derrumbará ante el regreso de la madre de los hermanos y la amenaza de que se marchará del país con el más pequeño de los retoños. Lo que sigue es una cuenta atrás donde el chaval encarcelado chocará con todo y con todos para conseguir su objetivo. Sin apoyos, al final, terminará explotando toda su violencia que tenía reprimida. Y joder, es mucha violencia para un chaval. Esa violencia será desmedida y afectará ante todo a una inocente que pasaba por allí.

Tal vez el mayor acierto de la cinta es la relación entre estos dos personas. Estamos acostumbrados a secuestros donde aflora el amor entre personajes prácticamente antagonistas con una progresión de párvulo. Aquí no hay nada de esto. La mayor parte del tiempo tenemos a un chaval a punto de cargarse a la chica de turno. Tensión, tensión y más tensión. Y algo de silencio. No se necesita nada más. Tampoco sería creíble de otra manera.

En el otro lado, a mucha gente le va a resultar complicado entrar en la cabeza de ese chico y su explosión de furia. Sí, el tío está muy puteado y, una vez que ha pasado la línea, de perdidos al río. Vale. Pero no termina de cuajar del todo la necesidad de nuestro antihéroe por «rescatar» a su hermanito de las garras de la madre. No sé si está buscado, pero mientras él parece percibir que el mundo es injusto con él y sufre de incomprensión, él mismo lo es. En este punto, el realizador se la juega. Huye de lo fácil. El entorno a primera vista no parece hostil o contrario al prota. Él cumple condena y, si te portas bien, los guardias no son malejos e incluso el director del centro abandona  el estereotipo de estas situaciones. Es un tío normal, que hasta le hace un favorcillo al chaval. Pero es con una mirada más aguda cuando vemos el alma del relato; con unos adultos que están convencidos de sus buenas intenciones y no comprenden (ni están ahí para ello) lo ocurre en la cabeza del chico. De la misma forma, el chico termina por actuar como sus captores, pero de manera más visible y cruel. Para evitar el odio absoluto de la audiencia sobre él, se le otorgan pequeños detalles que consiguen, no redimirlo, pero sí comprenderlo un poco mejor.

Con todo ello la película funciona como un preludio de una tormenta, donde vemos la vida cotidiana del chaval, su duro entorno (pero huyendo de cafradas made in Hollywood) y la inútil lucha por conseguir su objetivo «de buenas maneras y por los cauces establecidos», sean éstos mediante la autoridad o por los túneles de la mafia.

Así que la peli puede entenderse como una metáfora de la situación del país, con un sector de la población bien fastidiado; sus demandas no son tomadas en consideración ni por las autoridades ni por los bajos fondos y su mafia. No hay ayuda posible. Ninguno de los estamentos mencionados está por la labor de ayudar. Sólo queda resignarse o escapar. Y disfrutar de un café antes de volver al pozo. Porque siempre se acaba volviendo, siempre.

Puede que la vendan como otra maldita peli rumana con unos cuantos premios gordos en su haber. Sin llegar a la excelencia de las más reconocidas del país, es una obra interesante que nos sirve como termómetro del país.

Y lo cierto es que deben andar bastante jodidos.

2 Responses to Críticas: Si quiero silbar, silbo

  1. Cristian Perell&oacu dice:

    Grande, Sarajeski.

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