Críticas: Route Irish

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El cineasta británico Ken Loach nos abre los ojos de nuevo ante el gran negocio de las guerras modernas televisadas, guiándonos a través de la carretera más peligrosa del planeta.

En un mundo donde la industria cinematográfica se ha vuelto cada vez más frívola, comercial y bienintencionada, existen algunos cineastas que se niegan a quedarse en el entretenimiento vacuo y simplón, abriéndonos los ojos a los problemas que rodean a nuestra sociedad y que a menudo nos negamos a aceptar. Uno de estos es el británico Ken Loach, que desde que empezó hace casi cincuenta años trabajando para la BBC no ha parado de cortarnos la digestión en sus casi treinta largometrajes, ofreciéndonos una visión de la realidad tan cruda como la vida misma, tocando siempre temas de carácter social como el racismo, la delincuencia juvenil o el desempleo, de gran arraigo en su país de origen pero que no son ni mucho menos desconocidos para el resto.

Este año el de Nuneaton, acompañado por Paul Laverty, su fiel escudero en sus últimos trabajos, se adentra en el lucrativo mundo de las guerras modernas, conflictos donde centenares de empresas privadas se hacen ricas ofreciéndose a hacer todo tipo de trabajos, desde seguridad hasta logística, para aquellos que les contratan (embajadores, periodistas…) con una impunidad alarmante.

Loach se centra en el Route Irish, carretera que une el aeropuerto de Bagdad con la llamada Green Zone (el área militar de seguridad máxima) donde muchos ex-militares, contratados por empresas privadas, se juegan la vida transportando viajeros a través de la autopista más peligrosa del mundo. Uno de ellos es Frankie (John Bishop) que acaba muriendo en el camino en extrañas circunstancias. Esto lleva a su mejor amigo Fergus (Mark Womack) y a su novia Rachel (Andrea Lowe) a iniciar una investigación que saque a la luz toda la verdad.

Loach nos cuenta una historia que sucede en Iraq sin apenas trasladarnos allí, ni falta que hace. Desde el sombrío Liverpool todo huele a Oriente Medio, gracias a las infinitas charlas que Fergie mantiene con sus amigos, ex-combatientes o ex-mercenarios igual que él, en las que no se para de hablar del pasado, en una especie de nostalgia macabra ante los malos tiempos que pasaron. Al mismo tiempo, Fergie se une cada vez más a Rachel que, a pesar de odiarle por haber llevado a Frankie a Iraq, y como consecuencia a su muerte, descubre en él una balsa donde llorar la perdida de su novio.

La película, cuya trama avanza en paralelo con la investigación de la muerte de Frankie, acaba cayendo quizás en una reiteración que hace decaer el interés, fruto más que probablemente del afán del tandem Loach-Laverty por hacernos llegar el mensaje de la película a toda costa, sea de la forma que sea. Y si bien como ya he dicho puede resultar reiterativo, no está de más que el mensaje haya sido reforzado para aquellas mentes más duras, pues la importancia de abrir los ojos a la gente sobre el negocio que suponen las nuevas guerras modernas televisadas bien merece el esfuerzo. Loach como siempre vuelve a hacerme sentir pequeño, un grano de arena en un sistema que se escapa de nuestras manos y del que ignoramos una gran parte que siempre se ocupa de hacernos ver. El conocimiento es poder y eso es lo que trata de darnos el británico, poder para que juzguemos por nosotros mismos. Y yo le estaré siempre agradecido por ello.

Loach no ha perdido para nada su estilo en estos años, la forma que tiene de hablar sobre sucesos complejos y de una gran globalidad a través de historias con personajes auténticos y, sobre todo, con unos sentimientos reales con los que cualquiera podría sentirse identificado. El británico es capaz de relatarnos todas las artimañas de la guerra de Iraq a través de un hombre cuyos sentimientos de culpa ante la muerte de su amigo, aquel con el que hacía novillos para beber Buckfast durante el trayecto en ferry, son tan terribles que le pueden llevar a las consecuencias más extremas. Y eso es lo que le pedimos a Loach y lo que siempre nos da: personajes en situaciones extremas que les provocan sentimientos incontrolables que, irremediablemente, les llevan a unas consecuencias extremas. Sin medias tintas.

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