Críticas: Perros de paja (2011)

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¿El cine es arte o industria? Perros de Paja de Peckinpah es arte, y su remake representa la industria en su sentido más peyorativo. La eterna dicotomía aquí está clara: por un lado hay una obra artística, una creación que habla sobre la vida y promueve al pensamiento; por otro tenemos un producto industrial, un objeto fabricado sin sentimientos. Seguramente Rod Laurie hubiera afrontado de la misma manera el proyecto si le hubieran propuesto hacer un coche o una lavadora. Las bujías deben ser sus planos detalles, las válvulas los cortes entre planos y las tuercas imaginamos que serán los pezones de Kate Bosworth (siempre bajo la camiseta).

Para más escarnio, no estamos ante un remake propiamente dicho ya que la original es una adaptación de la novela homónima de Gordon Williams; por tanto, esta nueva versión bien podría haber sido una reinterpretación de la obra literaria (como hicieron los Hermanos Coen con True Grit), sin embargo en este caso el ¿autor? decide hacer una especie de copia edulcorada de la obra fílmica. Tristemente las flaquezas de la industria, y la insensatez de algunos directores, están provocando que clásicos como éste o como La huella de Joseph L. Mankiewitz sean perpetrados. Ambas son películas muy redondas que mantienen una vigencia absoluta y que son mucho más atractivas, arriesgadas y modernas que sus versiones, aunque hayan sido estrenadas cuarenta años antes.

Las mejores escenas de la película tal vez sean las conversaciones entre David (James Mardsen) y Charlie (Alexander Skarsgard), en las que se produce en varias ocasiones un plano muy interesante: Charlie está con los brazos en jarra de espaldas, y nosotros vemos la cara de David en el hueco que deja el brazo y el cuerpo de Charlie; una imagen que cuenta perfectamente ese estrangulamiento al que someten al forastero en el pueblo. Skarsgard quizá sea el actor más salvable del reparto, apoyado también con el papel más ambiguo del guión, o más bien habría que decir, el único personaje que tiene cierta ambigüedad, tampoco nada del otro mundo.

El resto del elenco está realmente mal. La pareja protagónica carece de toda química, la relación que hay entre ellos no despierta más que la indiferencia. El conflicto entre ellos es casi nulo, sus fricciones podrían contarse con los dedos de una mano, y su calado dramático es ínfimo. Reiteraremos de nuevo la alarmante ausencia del doble sentido, de lo oculto, del terreno entre el blanco y negro; todos los personajes pertenecen de forma evidente a uno de los bandos, por lo que el nivel de emoción y de tensión desciende. Es una película de un único conflicto narrativo sin nada que le subyazga, los habitantes de un pueblo contra el forastero sin trasfondo alguno.

Y es que otro de los puntos de más tensión que surge entre Jeremy Niles (Dominic Purcell) y Janice Heddon (Willa Holland) está terriblemente mal contado, no solo por la horrorosa interpretación de Purcell, también el hecho de elegir a Holland para este papel es muy discutible: una actriz de veintiún años haciendo el papel de una chica de quince. Como añadidura, tampoco la narración les hace mucha justicia. Una vez más, Laurie demuestra una incapacidad absoluta para elaborar una relación de claros y oscuros: Jeremy Niles se parece más al personaje de Steve Carrell en Virgen a los 40 que a un pobre diablo con problemas mentales y de pederastia; y Janice es una animadora del equipo de fútbol americano, con un pequeño tatuaje en el brazo, que es verdaderamente atractiva. Por cierto, James Woods interpreta al padre de Janice, en la que es una de sus peores actuaciones de toda su carrera. El término sobreactuación no puede delimitar lo pasadísimo de vueltas que está en la cinta, en un tono además absolutamente ajeno al de resto de personajes. La tónica general que predomina es la inexpresión y lo insulso, y el amigo Woods parece haberse propuesto hacer todos los gestos que no han mostrado sus compañeros.

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