Críticas: La senda del crimen

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CAH/La senda del crimen

Una por quincena: La senda del crimen. El pasado siempre vuelve.

Durante el período silente en Estados Unidos, la concisión narrativa y la expresividad conceptual formaron parte de la técnica frecuente de plasmación del argumento, una forma de entender el cine que, posteriormente, fue diluyéndose. Permaneció, no obstante, hasta un buen número de clásicos de los sesenta y mantuvo, en especial, el impulso, casi la hegemonía, durante los años treinta, donde no era habitual demorarse en los tiempos de la narración del guión, además de que la dirección no solía nadar en sentido contrario.

CAH/La senda del crimen II

La senda del crimen (Archie Mayo, 1930) es una muestra paradigmática de este modo de narrar, tanto que la síntesis que despliega sobre la vida de un célebre mafioso puede llegar a concebirse como un esquema. Tanta concreción podría ejercer un efecto negativo en el film y convertirlo en una obra excesivamente epidérmica, pero, aunque algo de esto existe, se manifiesta de forma más poderosa el efecto positivo: la narración sobria y directa de sólo lo esencial otorga a la obra un halo de atemporalidad y cierto parentesco con la parábola mítica. En este sentido, la película de Archie Mayo se resiente de un exceso de moralidad ejemplarizante, bien resuelto finalmente, sin embargo.

Muy deudora, como decíamos del cine mudo, es, de todos modos, sorprendentemente temprana y anticipa films mucho más famosos del noir posterior, adelantándose incluso a otros títulos influyentes como Soy un fugitivo (Mervyn LeRoy, 1932), Balas o votos (William Keighley, 1936), Callejón sin salida (William Wyler, 1937) o Los violentos años veinte (Raoul Walsh, 1939) que forman parte de una misma línea evolutiva a grandes rasgos que desembocará en otros títulos como, sobre todo, Perdición (Billy Wilder, 1944), cuya maestría recogió y renovó la voluntad de los treinta y posibilitó un espacio abierto para contemporáneos y futuros cineastas del género.

CAH/La senda del crimen III

Aunque Lang, Walsh o Hawks, entre otros, poseen, merecidamente, un lugar teórico de mayor privilegio, lo cierto es que Archie Mayo y el guionista George Rosener deslumbraron, ya en 1930, con esta avanzada película sobre un antihéroe que organiza el crimen de la ciudad de Chicago en tiempos convulsos. Los claroscuros del personaje están perfectamente asimilados y dosificados por el actor Lew Ayres, respaldado por un primerizo James Cagney, icono del género años más tarde, quien ya exhibía, por aquel entonces, una destacable madurez interpretativa.

Injustamente olvidada, La senda del crimen se adelanta, asimismo, a M, el vampiro de Düsseldorf (Fritz Lang, 1931), esa monumental oda a las posibilidades sonoras, con algunos recursos de sonido fuera de campo, destacando unos últimos segundos fascinantes propiciados, tal vez (y, en tal caso, afortunadamente), por exigencias del pudor y la censura de la época.

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