Críticas: Cantando bajo la lluvia

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Hablar de Cantando bajo la lluvia es hablar de la historia de los musicales, de su obra cumbre. Es la película más representativa de una época y de una manera de hacer películas que ya no existe. Pero también es hablar de la feel good movie por excelencia, de esa película que puede alegrar el día de cualquier persona en cualquier lugar. Su optimismo, su alegría, la sitúan en la cabeza de la tradición musical clásica y tiene la poderosa virtud de atrapar al espectador en una sensación de bienestar absoluto. Incluso centrándonos en lo puramente argumental, la película de la Metro cuenta como pocas, y en clave de sátira, quizás el momento técnico más importante de la historia: «y el cine habló». El universo donde se desarrolla la película acentúa además la importancia de este hecho e insiste en la musicalidad en el cine como esencia del mismo y que perdura más allá de que éste sea hablado o no. El maravilloso funcionamiento de todo el engranaje musical, de los números, de los bailes, conforman un prodigioso producto final que medio siglo después, nos queda como un homeje al cine (el mudo) que ya no existe, hecho precisamente desde otro cine (el musical de los grandes estudios) y que también ha desaparecido para siempre pero que nos ha dejado un legado para la eternidad¹.

Como todos los mitos, porque lo es, como Lo que el viento se llevó, de 1939, o Casablanca, de 1942, Cantando bajo la lluvia ha traspasado los límites del cine para formar parte de la cultura general, de la memoria colectiva de la gente sea de donde sea. Es una de las virtudes que caracterizan a los mitos. Su nacimiento es la historia de los musicales y el broche de oro a un trabajo que había comenzado quince años antes. Eran finales de los veinte, la Gran Depresión golpeaba las puertas de los hogares americanos y el cine se preparaba para recibir uno de sus atributos más preciados: el sonido. La música, que recordemos siempre acompañó al cine desde su origen, podría ser cantada y bailada por los actores e integrada como un elemento más de la trama. Entre 1926 y 1928, cuatro películas dieron forma a lo que hoy conocemos como musicales: Don Juan, de 1926 de la Warner, donde era la primera vez que la música estaba insertada en la película, sin orquesta en directo; El cantor de jazz, estrenada el 6 de Julio de 1927, y que es el primer largometraje de la Warner donde se alternaban la voz y canciones de Al Jolson; Ligths of New York, de 1928, primer filme con diálogos completos; y La melodía de Broadway, de 1929, primer film sonoro de la Metro y que supondría el empuje definitivo del género en los estudios, cuya relación dejaría un par de décadas de éxito tras éxito. Podemos decir que la performance  de Toot, Toot, Tootsie, Goodbye por Al Jolson es el primer éxito musical del cine sonoro.

Y es precisamente en La melodía de Broadway donde aparece por primera vez el nombre de oro que encabeza cualquier reseña o resumen que se haga sobre el género: Arthur Freed. Arthur era un letrista que había desembarcado en Los Ángeles, junto a su socio el compositor Nacio Herb Brown. Ambos habían montado un pequeño teatro, el Orange Grove, donde dieron a conocer sus números, repletos de canciones de éxito con las ya espléndidas letras de Arthur. Fue entonces cuando la Metro, a través de un antiguo amigo que trabajaba como escritor para los estudios, se puso en contacto con él para que se encargara de un musical. Irving Thalberg, la otra cabeza visible junto al todopoderoso Louis B. Mayer, lo contrató comenzando una relación que dejaría títulos irrepetibles como El Mago de Oz, de 1939, Los hijos de la farándula, también de 1939, Chicos de Broadway, de 1941, Cita en San Luis, de 1944, Un Americano en París, de 1944, o Siempre hace buen tiempo, de 1955. Algunas de ellas ganadoras de un Oscar a la mejor película (Un Americano en París), a la mejor banda sonora (Un Día en Nueva York) o a la mejor canción original (El Mago de Oz). Esta última tiene además el privilegio de haber sido, como coproductor no acreditado junto a Mervyn Le Roy, el máximo defensor de una de las escenas inmortales de la historia del cine y que estaba suprimida días antes del estreno.

A raíz del éxito de El Mago de Oz, Freed fue el responsable de una serie de musicales que haría Judy Garland, lanzada al estrellato como Dorothy Gale, junto a Mickey Rooney hasta que las dependencias de la actriz rompieron su contrato con el estudio. Pero para entonces Freed ya se había convertido en un reino taifa dentro de la Metro. El big boss, Mayer, había quedado impresionado con el talento del de Charleston y le había dado poderes absolutos como productor dentro de la compañía. Freed se rodeó de los mejores profesionales en el mundo de la música de todo el país: la compositora Kathy Thompson, el pianista Roger Edens, el director Lennie Hayton o la editora musical Lela Simone. Además la Metro contaba con la mejor orquesta y Freed había conocido a Donen. Freed había trabajado habitualmente con Busby Berkeley o Vicente Minelli, con quienes había alcanzado grandes éxitos. Pero fue sin duda con Stanley en quien encontró la pieza perfecta para canalizar todo el talento que manejaba. Su primera colaboración, Un Día en Nueva York marcó un antes y después y sirvió como pistoletazo a la edad de oro del musical. Freed lo tenía todo: había montado un equipo con autonomía y presupuesto suficiente, lleno de talento, con gente proveniente de los ambientes musicales de Nueva York y que podía manejar perfectamente. Contaba con el apoyo y la admiración de Mayer y, además de todo, había aparecido la estrella de Kelly en Un Día en Nueva York. Todo estaba listo para que naciese el musical de los musicales. La culpa, de un talentoso músico cuyas canciones funcionaban con únicamente llevar puesto su membrete.

Solo faltaba buscar a los acompañantes a Kelly. Y aquí entraba el afilado instinto de Louis B. Mayer para el reparto. Mayer era un amante de la música, le encantaba su asociación con el cine por lo que la elección esta vez le resultaría sencilla. O´Connor fue contratado por los estudios inmediatamente y se contó con Cyd Charisse, las por entonces piernas más bonitas del mundo y asalariada de la Metro. Mientras, el león de Hollywood llamaba a Debbie Reynolds para el papel protagonista. «Pero yo no sé bailar señor Mayer», dijo ella. «Bailarás» dijo él. Inmediatamente se convocó a Kelly para reunirse con Reynolds y cuando ella volvió a repetirlo, Kelly miró a Mayer y le dijo «no sabe bailar L.B.», a lo que Mayer replicó nuevamente, «bailará». Lo demás es conocido: Kelly como paciente profesor, pies sangrando después de horas y horas de ensayos, lamentos, desmayos y lloros de Debbie debajo de los pianos y un año y medio interminable de rodaje para firmar una realización perfecta, una película que logra la cuadratura del círculo. Con todo listo, el film nació. Nació y funcionó. Funcionaba todo: su historia, sus números, sus actores, sus bailes. Además consiguió la receta mágica de los musicales: que la independecia de los números no afectase a la narrativa. Así, los números, que en principio pueden suponer un estorbo a la continuidad de la trama, en este caso le dan fluidez y sirvien como momentos de descanso que además hacían avanzar la trama. El argumento, como crónica cinematográfica a un tiempo vivido y que cambió el cine para siempre, también funcionaba. Todo era perfecto. Había nacido el musical para aquellos a los que no les gustaban los musicales.

Tiene aún más mérito esta perfección que rodea a Cantando bajo la lluvia si pensamos en ella como un collage, como una recopilación de éxitos antiguos. El tema principal que da título al filme o Good Morning son composiciones utlizadas con anterioridad en Hollywood y que fueron revisadas y lanzadas al éxito perpetuo. Cada uno de los números musicales de Cantando bajo la lluvia son obras maestras por sí solas. Canciones pegadizas, letras magníficas que derrochan optimismo y vida, composiciones distendidas y por momentos llenas de sensualidad, te llevan a través de 102 minutos como por una balsa de aceite haciendo perenne la sonrisa en la cara del espectador. Y además, todo aderezado por los espléndidos toques cómicos de un O´Connor inspiradísimo. Singin’ in the Rain  es en definitva, y como decía antes, la película que deben ver todos aquellos que no les gusta el musical y comprobarán asombrados una manera de hacer cine donde los actores sabían cantar, bailar, hacer reir y hacer llorar, dejarse grabar e iluminar como nunca se ha vuelto a hacer y, además de todo eso, ser guapos y guapas².

 

 

Fuentes: ¹, ², Textos de Alejandro Molero en la edición en DVD especial 50 aniversario. Un León de Hollywood, La Vida y Leyenda de Louis B. Mayer, por Scott Eyman

2 Responses to Críticas: Cantando bajo la lluvia

  1. Enidnarg dice:

    Excelente reseña, Andrés. Lo cierto es que están realmente bien los párrafos donde aportas datos sobre el proceso de preparación del film. Muy instruida, la crítica 😉

  2. Andrés dice:

    Muchas gracias. Tengo que centrarme en lo "instruido" porque sino sería totalmente subjetivo con esta película. Ya se sabe que con lo que le gusta a uno…

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