FANCINE 2011: Día IV

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De cómo ser moderno haciendo cine clásico, a como ser ya un clásico haciendo cine moderno. Seguimos vivos después del cuarto día de festival.

Que se proyecte en 3D una película de corte tan respetuosamente clásico como Hara-kiri (Takashi Miike, 2011) no deja de parecer una pequeña broma de un cineasta siempre irreverente que no podía evitar dejar su visión tan especial del cine en la que es probablemente su obra más seria que haya visto, y que establece una clara ascensión formal en sus intenciones desde la paródica Sukiyaki Western Django (2007), la acción de 13 asesinos (2010) hasta el virtuoso clasicismo de una Harakiri que es una lección de cine y otra confirmación de su talento tras las cámaras, si es que hiciera falta. Por medio de unos largos y excelentemente narrados flashbacks, Miike sitúa al espectador -con su suave y cuidada puesta en escena- en la época, dando broche inmejorable a su obra con una secuencia de acción final que hará las delicias de Tarantino, en la que al caer la nieve el 3D cobra con belleza todo su sentido y que resuelve, con un excelente gusto visual, un poderoso drama feudal que nunca perderá vigencia. La lucha por el honor de uno mismo y tú familia está por encima (y en contra) del de los poderosos y sus falsos ídolos. Amigo, después de esto compensa que hayas hecho Zebraman y Zebraman 2, pero tampoco es necesario que hagas la tercera parte.

Godard decía que con una chica y una pistola era suficiente para hacer una película. La realidad es que al debutante Evan Glodell con una chica y un coche le ha bastado para filmar su particular Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1960), o algo así como si David Lynch hiciera una historia de amor. Con un estilo tremendamente personal, tanto como que la película está filmada con unas cámaras artesanales que otorgan a la fotografía un tono de imagen deliberadamente sobrexpuesto y a menudo desenfocado, Bellflower (Evan Glodell, 2011) rompe con todo lo que hayamos visto antes en una sala de cine, se genera ante nuestros propios ojos una nueva manera de ver y contar historias con un impacto que supongo similar al de los cines franceses en los que se proyectó por primera vez la opera prima de Godard. El cine ha muerto, por eso el cine sigue vivo. Bellflower es una historia contada por partes tituladas y divididas entre si, en la que se muestra -con una tremenda libertad formal- la relación de una pareja, centrada en el punto de vista de un joven (protagonista, montador, productor guionista, director y seguramente creador de todos las armas y coches caseros que lucen en la película, que recordemos fue filmada con 17.000 dólares) cuyas pulsiones emocionales y su gusto por las armas de fuego y los coches post-apocalípticos nos van a hacer viajar a lo más profundo de sus emociones dejando atrás todos los límites imaginables. Lo que al final no es ni más ni menos que una historia de amor, pasa por nuestros ojos como una catarsis espiritual por medio de un estilo visual que prácticamente consigue que arda la pantalla al proyectarse el film, como lo hacen los recuerdos de un pasado que cuando duele no queda más remedio dejarlo atrás, aunque siga doliendo. Sobre todo por eso.

La película mexicana de terror Alucarda, la hija de las tinieblas (Juan López Moctezuma, 1976) es el centro sobre el que gravita Alucardos (Ulises Guzmán, 2011), un documental complemente lisérgico pero de andar por casa, para entendernos, que no habla sobre la obra de su director ni de la película, que también, sino que en su mayor parte cuenta la vida de los dos mayores fans de Alucarda a través de su fascinación y pasión sobre la película y la figura de Moctezuma, que fuera un conocido presentador de televisión y radio en México antes de producir El Topo (Alejandro Jodorowsky, 1970), cuando se dejó llevar por el cine de terror hasta su fin víctima del Alzheimer. Como si de un celebrities chanante se tratara, los protagonistas absolutos son Lalo y Manolo, dos peculiares personajes (uno es un dentista hemafrodita que fue presidente del club de fans de Parchis, el otro un joven que vivía en un coche abandonado porque su madre fue asesinada por su padrastro) a los que les une su “amistad” y su obsesión por Alucarda, llegando, según cuentan, a secuestrar al propio Moctezuma del centro hospitalario en que el estaba ingresado, y con el que vuelven a ver -e incluso recrear- Alucarda. Por medio de unas descuidadas recreaciones, se ficcionan a través de sus palabras la vida de los propios Lalo y Manolo desde su infancia hasta la actualidad, creando una especie de ficción sobre la realidad, alucardando su propia vida y el documental, incluyendo extractos de Alucarda por medio de un montaje que busca la desconexión argumental y temporal de la realidad contada y que simplemente pretende mostrar la fascinación sobre la película que sus dos protagonistas sienten. Aunque lo haga a su manera y con poco cuidado por la técnica, el resultado final es una “alucardada” en toda regla de la que seguro estaría orgulloso el propio Moctezuma.

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