Experiment in Terror (Blake Edwards, 1962)

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«No podemos dejar en paz a un asesino sólo porque es bueno con su hijo»

Blake Edwards, la gracia y el salero. No. Al menos, no siempre. El director de tantas y tantas comedias irrepetibles dejó también un par de obras oscuras, inquietantes y que ponen de manifiesto su enorme capacidad para adaptarse a todo tipo de terrenos. Además, curiosamente, el mismo año. Evidentemente estamos hablando de Days of Wine and Roses –donde también era protagonista Lee Remick- y esta Experiment in Terror, ambas de 1962. Escrita por The Gordons (Gordon y Mildred, Mildred y Gordon) y basada en su propia novela, Operation Terror, la película de Edwards se mueve entre el film noir y el policíaco, acercándose claramente en buena parte de su desarrollo a esas cintas de la década de los ´30 y ´40 que describían minuciosamente los procedimientos del F.B.I. en su lucha contra el crimen organizado. Por supuesto que el trasfondo propagandístico a favor de la agencia está presente y el mensaje al ciudadano de «esté usted tranquilo, estamos aquí en todo momento para protegerle» no pasa ni muchísimo menos desapercibido.


 

Kelly Sherwood (Lee Remick) es una chica de San Francisco, cajera en un banco –y vaya banco- y que vive cómodamente en una de las colinas de la ciudad californiana junto a su hermana pequeña Toby (Stefanie Powers). Una noche, seguro que a la vuelta de una de esas maravillosas fiestas veraniegas con la bahía de fondo, Kelly es asaltada en su garaje por un tipo. Empieza su peor pesadilla: «se llama Garland Lynch (Ross Martin). Y su alias es Red Lynch. Les pasaremos su ficha a todos. Verán que es convicto de pedofilia, falsificación, asalto, robo con armas y asesinato. Está buscado por el asesinato de una cajera de banco en Oklahoma. Bertha Meyers, de 24 años, asesinada en su apartamento». Es el reporte del FBI. Bien, Kelly tiene un gran problema y no es el número de Rimmel Stick que tiene que usar por la mañana.

 

Blackmail. Estaba claro. Nada más abandonar su casa, Kelly se pone en contacto con la agencia. No duda, confía plenamente en la fuerza pública. Además, ahora toca un poco de buena suerte. Descuelga el teléfono John Ripley (Glenn Ford). John es un agente profesional, muy profesional, demasiado profesional. No hay vicios, no frecuenta clubes nocturnos, no hay una botella de bourbón en el cajón de su escritorio, nunca llega sin afeitar a la oficina. Un funcionario del que cualquier ciudadano se sentiría orgulloso. Inédito. Este primer contacto sirve para comenzar el juego: el del ratón y el gato, el más antiguo del mundo –siempre que consideremos el otro una necesidad y no un divertimento-. Kelly no ha visto la cara del criminal con lo que la investigación se presupone largar, tediosa, paciente hasta que alguien dé un paso en falso. El precio pedido por Lynch son 100.000 $, que Kelly tendrá que robar del banco bajo sus instrucciónes. Las amenazas de Lynch no solo son a Kelly. También son a su hermana. Lo sabe todo de ellas: horarios, nombres, compañías, tiendas habituales y no habituales. Mientras, el F.B.I., Ripley, hacen progresos. Lo han identificado. Resulta que Nancy Ashton (Patricia Huston) acude a la oficina de Ripley para denunciar que está relacionada con un hombre peligroso que y que éste anda envuelto en un asunto bastante sórdido. Ripley da prioridad al asunto del acosador y manda a Nancy a su casa. Sin saber aún la relación existente entre ambos casos, Ripley recibe una llamada a las pocas horas de Nancy desde su casa: tiene miedo, teme por su vida. Ripley acude pero ya es demasiado tarde. Entre maniquís Nancy aparece muerta, colgada como un cerdo el 11 de Noviembre –San Martín, claro- En la escena del crimen aparece un papel arrugado: la dirección y nombre de Kelly. La conexión entre ambos casos permite identificar al asesino y a comenzar a estrechar el cerco sobre él.

 

Ahora, con un homicidio entre sus manos, Ripley ya tiene unos cuantos cabos de los que tirar y todo parece ponerse en pie. No antes sin algún paso en falso. Lo normal. Por ejemplo, cuando deciden utilizar a Kelly de reclamo en una cita concertada en un club, Los Violentos Años Veinte, con Lynch. El resultado: un desastre. Pero hay algo nuevo. Lisa (Anita Loo) es una mujer oriental –parece que a Lynch le gustan todas- que tiene una relación especial con el criminal. Por lo visto el tipo está pagando la cura del hijo de Lisa que padece problemas de nacimiento en la cadera. Ella, evidentemente, es reticente a dar información –incluso niega conocerlo- pero no puede controlar lo que sale por la boca de su hijo. Además, Ripley tiene mano con ellos: «mira chico, soy agente del F.B.I., mira que pistola, ¿quieres verla?, dime si conoces al Uncle Red». Están cerca. Ahora solo queda una dirección, un sitio donde ir a buscarlo, o un paso en falso. La red está a punto de caer y el pajarraco de ser atrapado. Lynch se lanza a por la pasta: busca a Toby, la engaña, la secuestra y obliga a Kelly a robar el dinero. Ripley y sus chicos descubren que el lugar donde Kelly tiene que entregar el dinero es el estadio de los Giants, Candlestick Park, en un partido contra los Dogers, los eternos enemigos. También descubren el nido de la comadreja y rescatan a Toby. Lynch está acabado. Descubierto y cazado. Final de la pesadilla. La agencia no ha fallado, la ciudad vuelve a vivir tranquila.

 

El arranque y desenlace que plantea Edwards en esta película quizás sea lo más brillante de la misma. Ejemplares. El comienzo es de los de Wilder. Agarrar al espectador por la pechera y darle de bofetadas, ponerlo en situación, acojonarlo, espabilarlo. No vemos a Lynch, como tampoco lo hace Kelly. La secuencia se alarga por minutos, agónicos minutos. Edwards aquí es fiel a los cánones del código. Luego aparece Ford y el tono del film parece cambiar. Como decía anteriormente, parece que reeditamos esas películas de Mann o Keighley (The Street with No Name, que veíamos hace unas semanas) donde la metodología del F.B.I. es descrita al detalle en busca de, como no, de la protección y el bien del ciudadano. Aquí no hay duda: tienes un problema, descuelgas el teléfono –qué telefónos hay en esta película, de los de baquelita, uno de los objetos cinematográficos más bellos jamás filmados- y te atiende Glenn Ford. Y además le deja que tenga la línea abierta toda la noche, por si pasa algo. La seguridad pública expresada en pluscuamperfecto. Hablaba de los teléfonos. Importancia capital. La desesperación de Kelly, la respiración pertubadora de la voz de Lynch, la tranquilidad de Ford al aparato. Todo pasa a través de la línea.

 

Menos el final, claro. Decía que también era brillante. Inédito quizás. La toma aérea del estadio de los Dogers desde el helicóptero, la tensa espera entre carrera y carrera o la persecución entre la marabunta. Todo rodado con ritmo magnífico; una cadencia de pedaleo que sube el Mont Ventoux en menos de una hora. El final es un gracias a la agencia por estar ahí. De todas formas, y a parte del mensaje y de las fobias que pueda causar –muy típicas en los tiempos que corren- la película de Edwards flaque en el guión, que se excede en minuciosidad. Esto lastra a la película que sufre un claro bajón entre su comienzo y su desenlace: demasiados datos, demasiadas vacilaciones en el relato. Y una ausencia que, a día de hoy, aún no sé si es buena o mala: la historia de amor. Desde el primer momento que hablan el espectador, inevitablemente, está esperando que suceda. Que Glenn Ford le diga «no se preocupe señorita, cojo un coche patrulla y paso la noche con usted por si aparece de nuevo». Y tomarían una copa, fumarían un cigarrillo –uno se lo encedería a otro, por supuesto- y luego Ford besaría a Remick. Pero no. Edwards pasa por encima y solo queda pensar aquello de a veces se necesitan litros de gasolina para encender un fuego. Yo a Ford nunca lo ví regentando una gasolinera. Guiños a Hitchcock –aunque Norman Bates solo hay uno- e influencias en Lynch –Twin Peaks, es el nombre de la calle donde viven las hermanas- o en The Silence of the Lambs, Experiment in Terror es la segunda muestra evidente de que detrás de las risas y la alegría, Blake escondía una faceta pesimista y que también fue digna de ser rodada. ¡Ah! Y no se pierdan la música de Mancini. Y San Francisco, las calles de San Francisco…

 

Los protagonistas:
La bueno: John ‘Rip’ Ripley (Gleen Ford)
La víctima: Kelly Sherwood (Lee Remick)
La psicópata: ‘Red’ Lynch (Ross Martin)

 

Frases para la historia:
Ripley: “No podemos dejar en paz a un asesino sólo porque es bueno con su hijo”
Lynch: “Tienes una cintura delgada. Medidas 34, 22, 35, ¿verdad? Sé mucho sobre ud., Srta. Sherwood.”

Ficha en FA: http://www.filmaffinity.com/es/film214839.html
Ficha en IMDB: http://www.imdb.es/title/tt0055972/

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