El proyector: la secuencia de Diego Bejarano

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Cuentos de Tokio (Yasujiro Ozu, 1953) es uno de los prodigios mayores que ha dado la historia del cine. Una película desgarrada, sincera, triste y muy hermosa; brutal en su retrato de la vejez, de los abismos generacionales, de los lazos familiares desatados por los años y la distancia. Todo en ella funciona con inusitada perfección, con la pausada cadencia que requiere una historia que, construida a partir de los pequeños gestos, las miradas delatoras y los silencios que revelan más que las palabras, nos muestra las amargas consecuencias del paso del tiempo en la vida de unos ancianos que no consiguen encontrar su lugar en el mundo. Un film de un clasicismo absolutamente depurado, elevado a su máxima expresión, tejido con los sencillos mimbres de la sutileza.

Aunque son muchos momentos de auténtica poesía los que encierra Cuentos de Tokio, quisiera detenerme en esa escena final con la que Ozu es capaz de expresar, en apenas un par de minutos, el verdadero significado del olvido y de la doliente soledad. Shukishi (un espléndido Chishû Ryû) aparece sentado en el suelo de su casa, abanicándose tranquilamente, con la mirada perdida en el infinito. El vacío se ha adueñado del hogar: su esposa ha muerto recientemente, sus hijos se han marchado a la gran ciudad y su dulce nuera Noriko –quizá el último refugio de calidez  para el anciano– también ha tenido que marcharse. El tic-tac de un reloj suena incesantemente, martilleando el silencio que habita entre las paredes. Un sonido que habitualmente nos pasa desapercibido, excepto cuando estamos tan solos y desocupados que hasta los detalles más insignificantes de nuestro entorno captan sin remedio nuestra atención. Ese reloj –que el director, en su habitual elegancia, nunca muestra dentro de campo– no marca los segundos, sino la sensación de infinito vacío que pesa como una losa sobre el anciano. Tic-tac, tic-tac. Todo rodado como era costumbre en Ozu: con planos estáticos; la cámara a ras del suelo para que contemplemos a sus personajes frente a frente, en un nivel de igualdad, nunca desde arriba.

Salto del eje. Una mujer que pasa junto a la ventana saluda a Shukishi. El diálogo transcurre con la sencillez de los hechos más cotidianos, pero esconde tras de sí incómodas reflexiones sobre la naturaleza egoísta del ser humano, sobre la soledad del individuo en la etapa final de su vida, sobre lo que significa no saber lo que uno tiene hasta que lo pierde. «Imagino que sin su difunta esposa debe sentirse muy solo», evidencia la vecina. «Sí. Le aseguro que de haber sabido que su final estaba tan cerca, habría intentado ser más bueno con ella estos últimos meses», le contesta amablemente. Una respuesta que destroza la entereza de cualquier persona que haya sentido esa misma nostalgia –ligeramente teñida de culpabilidad– en algún momento de su vida. Y Shukishi asegura, resignado, que los días se hacen terriblemente largos viviendo solo, justo antes de que la mujer siga su camino y nos quedemos de nuevo a solas con la expresiva mirada de Chishû Ryû y su silencio.

De vuelta al exterior de la casa, en la quietud de la pequeña ciudad, todo sigue igual. Unos minutos atrás veíamos un tren que se alejaba con Noriko en su interior. Ahora, Ozu dedica su último plano a un barco que zarpa del puerto y, de alguna forma, tenemos la sensación de que hasta el navío se hubiera olvidado del anciano a la hora de abandonar aquel lugar. Ya tenemos el nudo en la garganta y las emociones a flor de piel. Telón.

6 Responses to El proyector: la secuencia de Diego Bejarano

  1. Fergarabat dice:

    También hubiese escogido esa secuencia como mi favorita y no solo de “Cuentos de Tokio”,sino como mi favorita del cine Ozu, es de una belleza abrumadora, perfecta. Diego, otra secuencia final perfecta de Ozu es de “He nacido, pero…” debes verla pero ya!

    Saludos.

  2. Diego Bejarano dice:

    Muchas gracias Fergarabat. Son varias las escenas de Cuentos de Tokio que podría haber elegido, por ejemplo aquella en que los padres se quedan en la calle esperando a su nuera, o alguna de las conversaciones entre Noriko y los ancianos… Pero esta me llegaba especialmente.

    Por supuesto, tengo pendiente "He nacido, pero…", intentaré verla cuanto antes. Te mantendré al tanto.

    ¡Un saludo!

  3. Diego Bejarano dice:

    Por cierto, que no se me olvide. Mil gracias a Cristian Perelló por elegirme para inaugurar su sección. Ha sido un honor 🙂

  4. Andrés Aranda dice:

    Great esta sección

  5. McTeague dice:

    Fantastico, señor.

    Siendo esta mi pelicula favorita (esta o "El cuarto mandamiento") y Ozu mi director favorito, me cuesta sin embargo aislar escenas concretas en su cine, y sin embargo tu lo has hecho admirablemente y has descrito su fuerza estupendamente. Si me pongo a pensar me viene a la cabeza mucho los finales (el de "Habia un padre", el de "La mujer de Tokio", el de "Las hermanas Munekata", en Kyoto…) Aunque si pienso un poco mas creo que una de sus escenas mas expresivas es en "Habia un padre", cuando, despues de muchos años sin verse, padre e hijo van a compartir baño y el hijo se queda todo cortado. Una escena que dice tanto de la falta de intimidad y de las inseguridades que se han creado en el hijo que ha crecido lejos de su padre!

    • Diego Bejarano dice:

      Muchas gracias, McT, es un privilegio recibir esos elogios de un admirador tan ferviente de la película y del cine de Ozu 😛

      Yo también concibo "Cuentos de Tokio" como un todo y es complicado analizar secuencias aislándolas del conjunto, pero esta sección de la web requería una selección de una escena concreta y, para rendirle homenaje a Ozu, tenía que proceder de esta forma. Aún así, creo que esta escena final habla por sí sola, tal es su fuerza expresiva.

      A finales de este mes ponen "El cuarto mandamiento" en la filmo de mi ciudad, aprovecharé para revisarla y me acordaré de ti seguro 😉

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