Críticas: Si no nosotros, ¿quién?

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El cine alemán sigue ahondando en esa búsqueda de la identidad nacional, o más bien la aceptación de ésta, una exploración del legado y la herencia que ha llegado hasta esta generación. Obviamente no se trata de un movimiento como tal, pero sí que podemos decir que existe una tendencia temática ya sea buscada o no; Good Bye, Lenin! (2003), Napola (2004) o La ola (2008), son solo algunos ejemplos. Si no nosotros, ¿quién? relata la tormentosa relación amorosa entre Bernward Vesper y Gudrun Ensslin, y a través de ellos se intenta describir la década de los 60 en Alemania. En el propio título de este film ya podríamos interpretar esa indagación del pasado. Si Haneke en La Cinta Blanca diseccionó la sociedad en la que vivían esos niños que años después formarían el III Reich, Andres Veiel inicia su película con el retrato de la generación posterior, es decir, son los descendientes del nazismo; la madre de Bernward le espeta que su nacimiento se debió a que el régimen obligaba a las parejas a procrear. Las formas son radicalmente distintas, pero ambos directores nos quieren contar que los errores no solo se produjeron durante una determinada horquilla de años que podemos marcar de forma exacta; su visión es que el gran problema radicaba en un mal intrínseco en esa sociedad, un conflicto colectivo muy difícil de individualizar y resolver.

Ciertamente la película lleva al espectador a esta interesante reflexión, lo cual ya es loable, pero la falta de concreción de la extensa historia resulta un lastre demasiado grande. Quieren contarnos demasiadas cosas, la sensación que da es que hay varias buenas películas dentro de Si no nosotros, ¿quién? y que al final no nos han contado ninguna como es debido. Veiel huye de la elección, de centrarse en una serie de hechos y narrarlos, parece querer demostrarnos que lo sabe todo sobre la vida de estos personajes que existieron realmente. Una demostración fútil, no por abarcar más se va a entender mejor; la película que antes citábamos de Haneke pone esto en evidencia, del detalle es de donde más se puede extraer: la vida de un pequeño pueblo de Alemania puede contar el origen del nazismo.

Otra más que cuestionable decisión es la forma de hacer las elipsis temporales. La estructura de la película está realmente constreñida: serie de escenas cortas, transición mediante imágenes de archivo con música de fondo; siguiente año, serie de escenas cortas, transición mediante imágenes de archivo con música de fondo. Así en cada paso de tiempo; la excusa de crear una unidad no parece suficiente, ya que la técnica se convierte en rutinaria y previsible. Y ya metiéndonos de lleno en esto de las transiciones, no solo es molesta su repetición sistemática, sino también el tratamiento y su finalidad dramática. La primera pregunta a hacerse es por qué poner de fondo temas como Summer in the City de Lovin’ Spoonful, grupo estadounidense al igual que muchos otros que forman la banda sonora. Nos están contando la historia desde el punto de vista de unos personajes profundamente antiamericanos, y eligen canciones de ese país al que odian.

Respecto a su finalidad, cito a Veiel en una entrevista: «Las imágenes dejan cicatrices, el resto acaba en la basura. Vietnam, los niños corriendo en la carretera, la niña quemada por el napalm. La imagen se queda en la mente, pero el contexto en que se tomó ya no importa a nadie.» Está bien, es una explicación convincente. Sin embargo, podríamos citar otros ejemplos de esa serie de imágenes de archivos que nos lleven a otra interpretación: la bomba que coloca las RAF en unos almacenes, o imágenes de manifestaciones. Pongo estos ejemplos porque sirven como pretextos para ahorrarse secuencias difíciles de rodar, en el primer caso no solo se ahorran esa escena del atentado, sino que ya de paso se tragan su detención por parte de las autoridades; en el segundo ejemplo, llama la atención porque tras esas imágenes de archivo, Gudrun aparece en escena con una fuerte brecha en la cabeza.

No solo se huye de escenas tan conflictivas como éstas, sino que además llama la atención la escasez de escenas exteriores. En R.A.F Facción del Ejército Rojo de Uli Edel, que también comparte esa narración deslavazada, este aspecto estaba mucho mejor resuelto. No sé si las diferencias presupuestarias son muy grandes, pero ambas películas que narran las mismas épocas y la vida de Gudrun Ensslin, difieren muchísimo en esto. Ciertamente, la cinta de Veiel está dotada de una mayor sensibilidad, pero los personajes están extrañamente recluidos.

Por último, comentar que las buenas interpretaciones son lo mejor de la película. August Diehl y Lena Lauzemis consiguen trazar unos relatos psicológicos bastante convincentes de sus personajes, a pesar de lo complicado de las evoluciones psicológicas que sufren a lo largo de la película. Las personalidades que interpretan era gente que vivieron situaciones muy extremas, y cuyas decisiones parecen a priori muy complicadas de entender. Pero ambos consiguen transmitir esos sentimientos de forma muy eficiente y veraz.

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