Críticas: La guerra de los botones

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Por lo visto, readaptar el libro La guerra de los botones de Luis Pergaud, ha supuesto una competencia sanguinaria. Los derechos de la obra pasaron a dominio público y dos directores se lanzaron a adaptarla de manera prácticamente simultánea.

Aunque se trata de readaptarla, ya que ya contó con una versión cinematográfica dirigida por Yves Robert en 1962 y también con una británica en los 90.

La que nos ocupa hoy es la de Christophe Barratier, conocido principalmente por la glaseada Los chicos del coro. Barratier, que deja claro que está haciendo una adaptación personal y no un remake, emplaza esta nueva película en la Francia ocupada. Unos niños se enfrentarán al paso a la edad adulta mientras juegan y blah blah blah.

Al comienzo, parece que todos los achaques (los conocidos y los que se ven venir) de Barratier van a estar presentes: una dulcificación excesiva de la infancia, panorámicas ascendentes de niños corriendo por campos deslumbrantes e infinitos y un empalagoso etc. “Lo digo sin pudor (la película) va dirigida a un público familiar”, dice Barratier. Una vez introducidos los personajes y ya dentro de la película, comprendemos que esto no es necesariamente malo.

El reparto se mantiene, con caras conocidas por todas partes: Laetitia Casta, Guillaume Canet, Gérard Jugnot (protagonista de las otras dos películas del director) y el habitual del cine cómico Kad Merad (Bienvenidos al norte, El pequeño Nicolás, …). Los niños, por supuesto, de lo mejor.

El filme cuenta con una banda sonora de Philippe Rombi, que ha trabajado en innumerables producciones francesas. El director dice que quería alejarse de la banda sonora cómica propia de las películas infantiles y hacer algo muy épico, pensando en los protagonistas como “pequeños Gladiators”. No estorba, cosa que ya es decir.

Sería fácil tildar de ingenuo a Berratier por estos retratos de la infancia que comparten tiempo (de estreno, no ficcional) con el de, por ejemplo, Attack the block (Joe Cornish, 2011) en la que se nos muestra un paso a la edad adulta bien distinto, sin perder el tono humorístico ninguna de las dos. El director de la película que nos ocupa prefiere definirse a sí mismo como “idealista”.

Obviando lo inevitable, es una película bastante disfrutable. Entretenida en prácticamente todos sus tramos y que dura lo necesario, dejando la duración justa para las escenas “significativas”; sin excesivo regodeo.

“Mi objetivo no es complacer a todo el mundo, sino seducir a todo el mundo”. Podemos decir que lo logra, con una obra tierna y probablemente superior a Los chicos del coro.

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