Cara o cruz: Tiburón 3D. La presa

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Que el subgénero pelis de tiburones es molón, es un hecho. Que es fácil poder disfrutarlas por mucha agua que haya tragado el guionista, también. O no, quién sabe.

Cara por Grandine:

Las alternativas cinéfilas para el fin de semana si te has papeado medio festival de Sitges eran escasas: una de espíritus con un decadente Sheridan tras las cámaras, una comedia del señor Brett Ratner y, por último, una de tiburones deglutiendo buenorras adolescentes. Y cuando uno se halla ante tal encrucijada, siempre hay un detalle que debe decantar la balanza y, sí, sé lo que estáis pensando, pero no fue así: no la decantaron las buenorras, sino el hecho de que en la sinopsis rezase que los tiburones se hallaban nada más y nada menos que en un lago. Ello ya propiciaba que tras ese hecho se encontrasen explicaciones al asunto cuanto más inverosímiles y desconcertantes, mejor. Partiendo de este supuesto, y observando la base que tiene David R. Ellis entre manos decide que por estúpida y ridícula (hecho que excluye de la ecuación tensión y terror) que resulte su propuesta, también será por otro lado tremendamente adictiva y tan divertida como se pueda. De esas donde se nota que, tras la producción, el director se lo ha pasado bien rodándola y desea lo mismo para el espectador. No en vano, el propio Ellis explica en una entrevista lo maravillosamente que se lo pasó viendo la amplia variedad de tiburones que componían su film y las diferentes habilidades que poseía cada uno (como si de un Power Ranger se tratase), y lo demuestra en pantalla poniendo en liza a un mini-ejército de escuálidos que desgarran, trituran, embisten embarcaciones e, incluso, vuelan por los aires. Como quien no quiere la cosa.

Tiburones en un lago. Algo que llama poderosamente la atención.

Así, se podría decir que el problema lo tiene en el guión, pero lo soluciona con una dirección dinámica que nos recuerda junto a ese aluvión de cadáveres que esto no es más que otro Destino final pasado por agua con dentelladas de por medio. ¿Su inconveniente? Que el público asistirá esperando toparse con algo verosímil, no con un niggah enfrentando sus temores acuáticos con un arpón, o con un protagonista capaz de lanzarse al agua sin pudor, por mucha aleta que pueda haber en ella. Y es que otro de sus handicaps, el poco carisma de sus personajes, es superado por un humor que a ratos tiene algo de mala leche, y por la espontaneidad de unos actos tan poco lógicos como sorprendentes.

Eso sí, el giro tiene que llegar y llega, y aunque uno hubiese preferido una relación dentadura/hombre-tiburón que se puede trenzar con solo ver la piñata con la que cuenta un secundario, la cosa no resulta tan delirante (sin quedarse atrás), pero no por ello deja de ser una excusa argumental que nos da la oportunidad de darnos un remojón entre sangre, miembros cercenados y toda clase de tiburones. Una excusa tan válida, claro, como meterse a ver una peli porque va de unos tiburones en un lago. Que no se diga.

Cruz por mnemea:

Esta película es la perfecta cuadratura del círculo, justo porque el director, movido por su espíritu entusiasmus máximus, no para de dar vueltas a los tópicos de siempre una y otra vez hasta que los inserta todos en el conjunto con algún que otro alarde de innovación que consigue que te lleves las manos a la cabeza, no por la sorpresa, más bien por una ligera desesperación por tanta tontería.

En la cabeza de David R. Ellis hay un chichón que demuestra que un día el pobre se dio un golpe y juró y perjuró que podía superar cualquier película de animalitos hecha hasta ese día para el deleite personal.  Ensimismado por las nuevas tecnologías, pensó que era una gran oportunidad para darle cera al 3D y como en un documental de animales del IMAX, cuando menos te lo esperas aparecen dentelladas de tiburón que intenta alimentarse de la víctima y de algún que otro despistado espectador.  Pero tanta enjundia no da para más experimentación y vienen los citados tópicos a reclamar su lugar.

El principal son las rubias, merece estudio aparte entender tanto odio hacia ellas, porque esta vez no sólo son altamente comestibles, también tienen el testigo de culpabilidad impuesto desde el principio.  Aunque los pechos estén presentes soslayadamente, queda claro que un bikini de triángulos que se ata con finas cuerdas es más apetitoso que uno con relleno, remarcando los encantos de la protagonista y dejando vendidas al resto de féminas.  En cuanto a la masculinidad, aquí hasta el más empollón va cargado de músculos, mostrando de lo poco que sirven en la mayoría de casos ante un tiburón de cualquier especie.  Porque la película decide tener su momento didáctico, hay muchas especies de tiburones, más de doscientas nos informaban los tipos sospechosos, cómo no, uno con cicatriz en la cara con historia truculenta tras ella (bueno, exagero, más tonta no podía ser) y otro con aspecto de bestia inmunda.  Aquí cabe hasta el perro con una valentía comparable a la de Lassie, que no se diga.

Rubias, traumas infantiles de directores de terror.

Lo alarmante es el lugar escogido, un lago de Louisiana, ¡un lago! ¿y cómo han llegado los tiburones a un lago? Pues está claro que los guionistas de hoy en día están preparados para cualquier extravagancia y son capaces de explicar en boca sus personajes cómo gracias a los fenómenos naturales puede ocurrir algo de tal envergadura.   Otra cosa es que no sepan dignificar a sus personajes con un poco de actividad lingüística.

Tenemos tiburones, víctimas y un lago, pero no tenemos miedo, vísceras ni tensión, porque tiburones saltarines y negros vengativos no son suficientes cuando el resultado son algunos instantes de risas nerviosas y muchos de indiferencia.  Una espera entrar a una película mala y aferrarse cariñosamente a algo en ella, no salir con una nube gris sobre la cabeza.

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